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(Relato publicado en Heraldo de Aragón, domingo 13 de agosto de 2017, y ampliado aquí)
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Negras plumas del cierzo
- – Mariano Gistaín
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Los escritores negros de Zaragoza ni siquiera constituyen una leyenda, son apenas un rumor intermitente. Si no fuera por los eruditos que han dedicado sus vidas a desentrañar el misterio (sin conseguirlo), hasta el rumor se habría perdido.
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Estos eruditos se guían tanto por intuiciones e indicios como por la cábala de Abraham Abulafia (Zaragoza, 1240-1291); armados con recursos filológicos, lenguas muertas y aprendizaje profundo (IA), se citan en sórdidos tugurios o celebran sus reuniones aprovechando tumultos, verbenas o partidos de fútbol para pasar inadvertidos: si alguien se enterara de que dilapidan su tiempo en estas indagaciones esotéricas sus carreras profesionales y sus éxitos académicos se hundirían en el descrédito.
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Tras décadas de pesquisas estos discretos eruditos han determinado que la misión de la hermandad de escritores negros es doble: custodiar el cuento que creó el mundo y volver a escribir ese cuento si fuera necesario.
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Si ese cuento que engendró y sostiene el universo fuera destruido, o si se hundiera el propio mundo, alguien tendría que escribir el nuevo relato que reiniciaría la realidad.
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Otra evidencia certifican estos investigadores: la inverosímil hermandad de escritores negros siempre ha estado gobernada por mujeres. (Para ser fieles a su objeto de estudio los eruditos han adoptado la misma regla).
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Los miembros de esa hipotética cofradía de escritores negros profesan una fe ilimitada en el poder de la palabra y creen –según los eruditos– que la única forma de escribir bien es renunciar al nombre propio, a la vanidad y a la posteridad.
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Escribir significaría fundirse e identificarse con el lenguaje para, llegado el caso, poder improvisar el cuento primigenio.
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Una consecuencia de este dominio del verbo creador sería que los cofrades negros dispondrían de un poder omnímodo para influir en toda clase de asuntos ajenos a su misión, lo cual estaría prohibido, y penado con severos castigos (esa prohibición no habría impedido que alguna vez intervinieran en asuntos que exceden a su genuina doble misión).
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La secreta hermandad de escritores anónimos, según los eruditos, se financia con su propio trabajo, que no se firma pero se cobra.
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Como tapadera y entrenamiento, los escritores negros deben consagrar sus vidas a redactar obras de la máxima calidad, que imiten a la perfección el estilo de sus clientes y acaten los cánones que las modas y el mercado demanden. Por ello, y aunque esa no sea su principal tarea, se enorgullecen, en secreto, de haber cosechado numerosos éxitos a lo largo de siglos y en todos los géneros.
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Una facción de los eruditos citados sostiene que don Quijote despreció a Zaragoza deliberadamente para disipar la abrumadora sospecha de que había sido escrito por la sigilosa cofradía.
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Entre los innumerables requisitos necesarios para ser captados por la secta de los escritores anónimos (que se jactarían de ser infalibles en la detección del talento), el primero sería haber ejercido de negro durante cinco años.
Esto apoyaría el persistente rumor de que Javier Tomeo fue uno de los conjurados, pues afiló su prosa en novelas del oeste, textos para tebeos populares y toda clase de opúsculos anónimos; Quicena, su indescifrable castillo y el fulgor de un radar de Tráfico guardan el misterio.
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Los eruditos (que alguna vez han dirimido sus hipótesis a puñetazos) sostienen que la Oficina Poética del Horizonte (OPI) de Miguel Labordeta fue una tapadera para encubrir y difundir las actividades de los escritores negros de Zaragoza.
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También dan por probado (aunque todo son conjeturas) que Ramón J. Sender abrió una sucursal de la cofradía en Estados Unidos, y apostarían sus vidas a que el motivo por el que Luis Buñuel abandonó la escritura es que fue captado por la hermandad.
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Para quien cree en la hermandad de escritores negros cualquier noticia delata su presencia y poderío.
Así, la Recopa de Europa que alzó el Real Zaragoza en París el 10 de mayo de 1995 merced al prodigioso gol de Mohammed Alí Amar, Nayim, demostraría no solo la intercesión de la Virgen del Pilar (aún no admitida como milagro a pesar de la evidencia grabada en vídeo), sino también el poder de los escritores negros de Zaragoza para influir en la realidad y modificar los eventos que aparentemente la forman.
El hecho de que otro de los artífices de aquella gesta de París, el mismísimo Miguel Pardeza, no haya ocultado nunca su devota adicción a las letras es otro indicio que arguyen los fanáticos que defienden este extremo.
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Los eruditos, ya mayores, reconocen que el esquivo objeto de sus pesquisas requiere el esfuerzo de generaciones y buscan a personas cultivadas que les den el relevo: la Librería Anónima de Huesca y el bar El anonimato de Zaragoza son lugares propicios.
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La señal de que el mundo toca a su fin –lo que alerta a los escritores negros para que desempeñen su fabulosa tarea– es que se publique una nota desvelando su existencia. Esa nota se ha publicado…
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Si el mundo sigue es que la hermandad ha cumplido su labor.
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– FIN –
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(Habrá innumerables versiones, añadidos y rectificaciones,
de las cuales ésta es una cualquiera escogida al azar).
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La fórmula elegida para publicar la nota que avisa del fin del mundo acata la convención tradicional: se pide a un escritor cualquiera que la firme como si fuera suya en un espacio de prensa destinado a la ficción o el divertimento estival.
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Desde luego, es posible que estas revelaciones se deban a que, en efecto, se ha producido el fin del mundo y que, tal como aventuran los eruditos, los escritores negros hayan conseguido reescribir el cuento original que reinicia el mismo.
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Es más lógico suponer que la publicación de todo el asunto obedezca al cisma que devora a los propios eruditos casi desde el primer día.
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Algunos de ellos, acaso expulsados o postergados, habrían empezado a largar.
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La facción dura o realista de los eruditos siempre ha cuestionado la existencia de los escritores negros de Zaragoza que ellos mismos con tanto empeño estudian: por un escrúpulo científico, estos escépticos dudan del propio objeto que –según confiesan– ha dado sentido a sus vidas.
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Ha trascendido que el enfrentamiento entre los estudiosos es insalvable.
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Al parecer el ala dura sostiene que, si en verdad existiera esa hermandad de escritores anónimos, uno de ellos –o un sicario– se habría infiltrado en el grupo que se dedica a estudiarlos. Según esta versión, los eruditos tendrían un topo que, con toda seguridad, sería uno de los miembros fundadores del propio grupo. Es más, el topo sería la mejor –o la única– prueba de la existencia de la hermandad de la cual ahora reniegan.
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Esta objeción aboca a los eruditos a su disolución justo cuando han encontrado la prueba definitiva de que aquello que perseguían no era una quimera o un pretexto para reunirse y ejercitar la imaginación.
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Una variante de este argumento sugiere que los propios escritores negros, si es que existen, decidieron impulsar el grupo de eruditos que habría de investigarles a ellos mismos, acaso con la intención de prevenir posibles injerencias y preservar su secular invulnerabilidad.
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En todo caso, una vez pactada su disolución, los eruditos acuerdan transmitir los escasos indicios acerca de los escritores negros zaragozanos a unas personas que jamás hayan oído hablar de esta hermandad y que quieran empezar a investigar casi de cero.
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Para evitar que los nuevos eruditos pertenezcan a la hermandad (con lo que serían topos infiltrados desde el primer día), las personas escogidas tienen que acreditar que han firmado sus publicaciones con regularidad, que han sido siempre ellas mismas y que jamás han ejercido la profesión de “negro” literario.
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Las pistas que indujeron a los primeros eruditos a investigar acerca de la improbable cofradía de escritores negros son triviales, inconsistentes y aun irrisorias. ¿Qué llevó a este grupo de eminentes ciudadanos, dirigidos siempre por mujeres, a entregar las mejores horas de sus vidas, con riesgo de arruinar sus brillantes carreras, para desvelar un misterio tan evanescente como un fantasma?
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¿Acaso ellos mismos inventaron esta leyenda como un divertimento para amenizar sus años de juventud y con el tiempo acabaron por creerse sus propias elucubraciones?
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En todo caso, ahora que se ha desvelado su vasto empeño, y su disolución, que entraña el reconocimiento de un dilatado fracaso, algunos de los eruditos han difundido desde el anonimato los indicios que les indujeron a sospechar que los escritores anónimos de Zaragoza, negras plumas del cierzo, existieron… y tal vez existen.
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(Relato publicado en Heraldo de Aragón, domingo 13 de agosto de 2017, y ampliado aquí)
Negras plumas del cierzo
- -Mariano Gistaín
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Los escritores negros de Zaragoza ni siquiera constituyen una leyenda, son apenas un rumor intermitente. Si no fuera por los eruditos que han dedicado sus vidas a desentrañar el misterio (sin conseguirlo), hasta el rumor se habría perdido.
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Estos eruditos se guían tanto por intuiciones e indicios como por la cábala de Abraham Abulafia (Zaragoza, 1240-1291); armados con recursos filológicos, lenguas muertas y aprendizaje profundo (IA), se citan en sórdidos tugurios o celebran sus reuniones aprovechando tumultos, verbenas o partidos de fútbol para pasar inadvertidos: si alguien se enterara de que dilapidan su tiempo en estas indagaciones esotéricas sus carreras profesionales y sus éxitos académicos se hundirían en el descrédito.
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Tras décadas de pesquisas estos discretos eruditos han determinado que la misión de la hermandad de escritores negros es doble: custodiar el cuento que creó el mundo y volver a escribir ese cuento si fuera necesario.
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Si ese cuento que engendró y sostiene el universo fuera destruido, o si se hundiera el propio mundo, alguien tendría que escribir el nuevo relato que reiniciaría la realidad.
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Otra evidencia certifican estos investigadores: la inverosímil hermandad de escritores negros siempre ha estado gobernada por mujeres. (Para ser fieles a su objeto de estudio los eruditos han adoptado la misma regla).
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Los miembros de esa hipotética cofradía de escritores negros profesan una fe ilimitada en el poder de la palabra y creen –según los eruditos– que la única forma de escribir bien es renunciar al nombre propio, a la vanidad y a la posteridad.
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Escribir significaría fundirse e identificarse con el lenguaje para, llegado el caso, poder improvisar el cuento primigenio.
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Una consecuencia de este dominio del verbo creador sería que los cofrades negros dispondrían de un poder omnímodo para influir en toda clase de asuntos ajenos a su misión, lo cual estaría prohibido, y penado con severos castigos (esa prohibición no habría impedido que alguna vez intervinieran en asuntos que exceden a su genuina doble misión).
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La secreta hermandad de escritores anónimos, según los eruditos, se financia con su propio trabajo, que no se firma pero se cobra.
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Como tapadera y entrenamiento, los escritores negros deben consagrar sus vidas a redactar obras de la máxima calidad, que imiten a la perfección el estilo de sus clientes y acaten los cánones que las modas y el mercado demanden. Por ello, y aunque esa no sea su principal tarea, se enorgullecen, en secreto, de haber cosechado numerosos éxitos a lo largo de siglos y en todos los géneros.
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Una facción de los eruditos citados sostiene que don Quijote despreció a Zaragoza deliberadamente para disipar la abrumadora sospecha de que había sido escrito por la sigilosa cofradía.
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Entre los innumerables requisitos necesarios para ser captados por la secta de los escritores anónimos (que se jactarían de ser infalibles en la detección del talento), el primero sería haber ejercido de negro durante cinco años.
Esto apoyaría el persistente rumor de que Javier Tomeo fue uno de los conjurados, pues afiló su prosa en novelas del oeste, textos para tebeos populares y toda clase de opúsculos anónimos; Quicena, su indescifrable castillo y el fulgor de un radar de Tráfico guardan el misterio.
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Los eruditos (que alguna vez han dirimido sus hipótesis a puñetazos) sostienen que la Oficina Poética del Horizonte (OPI) de Miguel Labordeta fue una tapadera para encubrir y difundir las actividades de los escritores negros de Zaragoza.
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También dan por probado (aunque todo son conjeturas) que Ramón J. Sender abrió una sucursal de la cofradía en Estados Unidos, y apostarían sus vidas a que el motivo por el que Luis Buñuel abandonó la escritura es que fue captado por la hermandad.
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Para quien cree en la hermandad de escritores negros cualquier noticia delata su presencia y poderío.
Así, la Recopa de Europa que alzó el Real Zaragoza en París el 10 de mayo de 1995 merced al prodigioso gol de Mohammed Alí Amar, Nayim, demostraría no solo la intercesión de la Virgen del Pilar (aún no admitida como milagro a pesar de la evidencia grabada en vídeo), sino también el poder de los escritores negros de Zaragoza para influir en la realidad y modificar los eventos que la forman.
El hecho de que otro de los artífices de aquella gesta de París, el mismísimo Miguel Pardeza, no haya ocultado nunca su devota adicción a las letras es otro indicio que arguyen los fanáticos que defienden este extremo.
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Los eruditos, ya mayores, reconocen que el esquivo objeto de sus pesquisas requiere el esfuerzo de generaciones y buscan a personas cultivadas que les den el relevo: la Librería Anónima de Huesca y el bar El anonimato de Zaragoza son lugares propicios.
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La señal de que el mundo toca a su fin –lo que alerta a los escritores negros para que desempeñen su fabulosa tarea– es que se publique una nota desvelando su existencia. Esa nota se ha publicado…
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Si el mundo sigue es que la hermandad ha cumplido su labor.
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- (Habrá innumerables versiones, añadidos y rectificaciones).
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La fórmula elegida para publicar la nota que avisa del fin del mundo acata la convención tradicional: se pide a un escritor cualquiera que la firme como si fuera suya en un espacio de prensa destinado a la ficción o el divertimento estival.
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