Luz Sánchez Mellado entrevista en El País a Luis Alegre

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Luis Alegre: “Mis amigos no son ni pijos ni clasistas”

El comunicador, en cuya agenda personal figura desde la reina Letizia a estrellas del cine, el teatro, la televisión y la literatura, estrena ‘Mañana seré feliz’, un documental-conversación con Manuel Vicent que ha dirigido junto a David Trueba.


Luz Sánchez-Mellado


Luis Alegre se acaba de bajar en la madrileña estación de Atocha de un AVE que para él es casi un Metro por la frecuencia con que lo utiliza. Quedamos en la puerta de la cadena SER, donde colabora con eln una sección llamada Amigos Alegres, y vamos caminando hasta el Teatro Español, donde, aprovechando el viaje, va a ver a su íntima Aitana Sánchez-Gijón representar el clásico Malquerida. La amistad por amor al arte, y viceversa, el amor por el arte de la amistad es una constante en la vida de este maño nacido en Lechago (Teruel) y residente en Zaragoza, desde donde gestiona su intensa actividad cultural y social. Contactos no le faltan. Desde la reina Letizia para arriba, o para abajo, según se mire, casi todo el quién es quién de la comunicación, el cine, la literatura y la televisión en España, es amigo de Alegre. Empecemos por el principio.

Empezó de niño leyendo vidas de santos y ahora escribe y filma sobre deidades de la cultura. ¿Lo suyo es devoción?

Pues de algún modo, sí. Son gente que ha sido decisiva en mi vida y mi educación sentimental desde niño y adolescente. Fernán Gómez, Billy Wilder, Rafael Azcona, Berlanga, Buñuel, ahora Manuel Vicent. Sobre todos ellos he escrito, o dirigido, y lo que hago es muestra de mi veneración y gratitud por ellos y el deseo de que la gente los conozca en profundidad y comparta mi pasión. Y todo eso empezó en Lechago, sí.

Y eso que se fue pronto del pueblo.

Sí, a los 11 años. Un primo de mi madre, que era cura, asesoró a mis padres para pedir una beca para la Universidad Laboral de Cheste, en Valencia. Entonces, las universidades laborales eran un intento del franquismo de formar élites a su servicio, y también una vía para que chicos y chicas de familias humildes, como la mía, que sacaran buenas notas pudieran estudiar. Pero la pasión de la que te hablaba ya la llevaba puesta. La había forjado con mi padre, que era un insólito campesino cinéfilo que se iba a dar de comer a los cerdos con Madame Bovary bajo el brazo. A los 12 años, yo ya era el director del cineclub de Cheste. Hay vídeos en Youtube donde se me ve hablando de Kubrick y Hitchcock

O sea, que era el repelente niño cinéfilo.

Bueno, desde que vi Del rosa al amarillo, de Manolo Summers, y me enamoré de Cristina Galván, el cine revolucionó mi cabeza para siempre. Experimenté de golpe lo que es el amor. Esa noche, a mis ocho años, me acosté en estado febril y barajando fugarme al día siguiente y venir a Madrid a buscarla. Le escribí una carta, de hecho. Como luego le escribí otra a Ingrid Bergman, poniendo en el sobre su nombre y Hollywood. El cine me provoca emociones sublimes que no me provocaba la realidad.

¿Por eso ha dedicado su vida profesional a retratar y a relacionarse con sus protagonistas ¿Ahí hay más suerte, trabajo o cabezonería?

Una mezcla de todo. No olvides que soy maño. Y si algo somos los maños es obstinados. Me dedico a la cultura porque me gusta, y el dedicarme a la cultura me ha llevado a conocer a mucha gente. Porque, sobre todo, a mí me apasiona la gente. Fue mi madre quien me transmitió de manera inolvidable el gusto por la gente, por quererla. Mi casa era muy humilde: dormíamos los hermanos en la misma cama, pero siempre estaba llena de gente. Digamos que he tenido la suerte de conocer a gente a la que veneraba. Poder decir que fui amigo de Fernán Gómez, o de Ana Belén, de la que también me enamoré perdidamente, o de Maribel Verdú, o de Penélope Cruz, es una fortuna increíble. Sí: he sido yo quien me he acercado a ellos porque los admiro, pero he tenido la inmensa suerte de que ellos me hayan aceptado como amigo.

¿Y eso cómo se consigue?

El factor clave es inspirar confianza, calidad y complicidad. En Cheste, donde llegué sin conocer a nadie, me eligieron el alumno más sociable a los 14 años. Me siento terriblemente afortunado. No soy millonario en dinero, pero lo soy en amigos.

¿Se puede seguir haciéndolos a los 64 años?

Por supuesto, fue una de las grandes lecciones que aprendí de Fernando Fernán Gómez. Alguien tan aparentemente arisco y misántropo, era todo lo contrario. Con 80 años, decía que nada le gustaba más que conocer gente nueva y joven. Le ensanchaban la vida y le hacían disfrutarla. Para él, era como una inyección de vitalidad, y a mí me pasa lo mismo. Siempre me he desenvuelto muy bien con todo tipo de generaciones. Cuando estoy con gente a la que quiero y admiro me olvido de los años que tiene. Mira Manuel Vicent, que tiene 90 años, al que conocí en la adolescencia porque lo leía mi padre. Me acuerdo de pegar sus columnas en la nevera de casa hasta que se volvían amarillas y ahora hemos hecho una película con él. Al final, en la vida, las cosas riman.

¿Cuánto vale su agenda?

Nada, porque no está en venta. Pero mis amigos son mi tesoro. Y luego, además, me paso la vida presentando a gente. Hay gente que no creerías que se ha conocido por mí, porque pensaba que podía haber un flechazo de amistad, o de lo que fuera, entre ellos.

¿Eso se llama ser alcahuete?

Bueno, alcahuete de humanidad, llámalo como quieras, pero me hace sentir muy bien.

¿Cuántos teléfonos de amigos, como el de la reina Letizia, tiene agendados con nombre en clave?

Bastantes. Imagínate que me roban y me desencriptan el móvil. Y sobre la Reina te diré que fue ella la que me escribió un correo, cuando era una periodista, en el año 97 o 98. Teníamos una amiga común que me decía: “tienes que conocer a una amiga mía que es más cinéfila que tú”. Pero, al final, fue Letizia quien me contactó. Estaba buscando para un reportaje a gente conocida que estuviera dejando de fumar. Y una de las personas que entrevistó fue a Manuel Vicent. ¿Ves cómo todo rima?

¿Se puede ser amigo íntimo de una reina?

Nos hicimos amigos mucho antes de que lo fuera, y alrededor de su profundo amor al cine. Para mí fue una sorpresa morrocotuda ver en la tele la noticia de su compromiso. Le escribí. Me contestó, y pensé: he perdido a una amiga. Ha sido ella la que se ha empeñado todos estos años, sobre todo al principio, porque luego todo ha fluido de manera natural, en mantener el contacto. Y eso es porque tiene un profundo sentido de la amistad y la lealtad. Así que sí, se puede si se quiere.

En sus documentales y en sus libros habla de sus amigos y siguen hablándole. ¿Cuál es la frontera entre la información, la indiscreción y la lisonja?

Una clarísima. No contar nada que sepas que no va a gustar que cuentes. Es una línea roja fácil de delimitar porque tú conoces a la persona, y sabes lo que les apetece que cuentes de lo que sabes en virtud de la amistad, y lo que no.

O sea, que no escribiría una biografía no autorizada

No, bajo ningún concepto. Me parece una falta de respeto y mi naturaleza no me dejaría.

Habla de sus padres como si vivieran, pero le faltan hace tiempo. ¿Le han marcado esas pérdidas?

Muchísimo. Las dos. Mi padre va a hacer 20 años. Mi madre, ocho. Y el caso de mi madre, que tuvo una enfermedad que me obligó a estar de forma constante con ella, y, en los últimos tres años de su vida me los pasé durmiendo a su lado, me devastó. Mis hermanos, que son maravillosos, me suplían las ausencias, pero esos tres años que me pasé cuidándola, sin apenas dormir, que ahora mismo no entiendo cómo pudimos soportar ni ella ni yo, han sido la obra maestra de mi vida. Nunca he hecho ni voy a hacer nada mejor que eso. Mi madre se llamaba Felicitas y decía algo que he buscado por si era de algún filósofo, pero no: era de ella: “la gente alegre vive más, los tristes se mueren de miedo y ahogándose”. Sigo soñando con ella todos los días, incluidas las siestas.

¿Ya sé que es su apellido, pero es usted tan alegre como antes desde su muerte?

Pues me esfuerzo, pero no soy el mismo. Sufrí dos golpes muy duros. La muerte de mi madre y la de una mujer muy importante para mí, a los 44 años, y fue devastador. Le vi las orejas al lobo de la depresión, pero no caí en ella, creo, precisamente por mi instinto de alegría, y el pensar que la alegría es una venganza contra la crueldad de la vida. Quiero pensar que soy alegre, me esfuerzo por serlo, pero aquellos dos golpes trastornaron mi vida.

En ‘Mañana seré feliz’, le preguntan a Manuel Vicent sobre la muerte de su hijo, el periodista Mauricio Vicent: ¿cómo fue ese momento detrás de la cámara?

Muy conmovedor. David y yo teníamos dudas incluso sobre sacarle el tema, porque aún está muy caliente, pero se lo planteamos y no tuvo problema. Dice que cada tarde se pone música triste para llorar a gusto, como homenaje a su hijo, y eso es perfecto y precioso, porque, a la vez que reconoce que nunca lo va a superar, tiene también esa capacidad de detectar el lado luminoso de la vida. Su hijo tuvo la vida que quiso, joder, dice. Y, dentro del dolor profundo que siente, le aflora el gen de la alegría.

Como a usted, entonces.

En mi casa, fue ese sol de la infancia de Lechago. Mi padre cuidando cerdos. Mi madre, fregando de rodillas. ¿Cómo voy a ser de derechas viniendo de ahí?

O sea, que la Laboral no le hizo conservador.

En absoluto, he mantenido siempre mi conciencia de clase muy clara. Si hay algo que me revienta es el clasismo.

Bueno, y se lo digo por provocar: hay quien considera pijos de izquierdas a algunos de sus amigos, o, incluso, a usted mismo.

Supongo que se refieren a gente de izquierdas que se ha convertido en multimillonaria. ¿Qué problema hay, si no han robado a nadie? Si han labrado su fortuna con su talento, su trabajo y siendo gente decente. Entre mis amistades no hay gente pija ni clasista. Al mismo tiempo, como representan lo contrario que yo, me fascina la gente pija, pero como una especie de entomólogo. He ido a fiestas pijas que me han invitado y me parecen de otro planeta, pero reconozco un punto de fascinación. Tengo pocos prejuicios, mis padres me enseñaron a ser antifanático y antisectario. Tengo amigos conservadores, pero mis amigos no son pijos ni clasistas.

Puesta a provocar: ¿Pedro Almodóvar o Santiago Segura?

No me hagas esto. Esa guerra es una muestra más de la tristísima polarización que vive la sociedad española, que tampoco es nueva, esas dos Españas, esa enfermedad crónica desde Joselito o Belmonte que nos deberíamos curar. Pero te contesto: Santiago Segura es como mi hermano, somos amigos desde hace 35 años. Y Almodóvar es una de las personalidades más ilustres que ha dado el cine español y disfruta de todo mi respeto y devoción. Para mí no hay disyuntiva: los dos.

Su amiga, la actriz Aitana Sánchez Gijón esquivó el otro día a los medios que le preguntaban por su relación con el actor Maxi Iglesias con un “¿Quiénes sois? Tengo una función que hacer”? ¿Qué le pareció?

Bueno, es que Aitana es, aparte de una actriz descomunal, una de las personas que mejor ha esquivado el protagonismo más allá de su trabajo. No le interesa más que su trabajo y su vida, y su vida solo se la cuenta a quien ella quiere, naturalmente. Me parece una salida espontánea que la retrata maravillosamente.

Como cuando usted le gritó “¡Viva la madre que te parió!” a su amiga Penélope Cruz en Hollywood cuando le dieron el Oscar.

Bueno, yo soy más bruto, y lo mío es más de comedia de Berlanga.

“Yo creo que es porque somos obstinados y no nos rendimos nunca”. Esa es la razón por la que Luis Alegre (Lechago, Teruel, 62 años) cree que hay tanto aragonés como él mismo en la escena cultural española. Su caso es especialmente ilustrativo de esa terquedad creativa porque, desde que el cine le “revolucionara la cabeza” de muy niño, y decidiera dedicar su vida a estudiarlo, además de ser profesor, periodista, escritor, cineasta y urdidor de eventos y festivales culturales, ha logrado tratar, conocer y establecer relaciones de auténtica amistad con sus protagonistas. Su documental, La silla de Fernando, dirigido junto a David Trueba, una larga conversación sobre Fernando Fernán Gómez, es un clásico del género. Ahora, Alegre y Trueba repiten formato y colaboración con Mañana seré feliz, con el escritor Manuel Vicent como protagonista.

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(Una entrevista de 2009):

https://elpais.com/diario/2009/08/30/
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El amigo Alegre


Luz Sánchez-Mellado


La madre que te parió!

El pasado 22 de febrero, la flor y nata del cine mundial aposentada en el teatro Kodak de Los Ángeles escuchaba este recio exabrupto ibérico mientras Penélope Cruz subía al estrado a recoger el Oscar a la mejor actriz de reparto. Pocos de los presentes, ni siquiera las estrellas latinas, entenderían semejante piropo proferido con acusado acento maño por un espontáneo bajito y calvorota situado justo tras Prince. Daba igual. Tanto Cruz, la destinataria del requiebro, como la aludida madre que la alumbró, Encarna Sánchez, sentada cerca, lo oyeron alto y claro. Y eso era lo que importaba.

Luis Alegre Saz es aquel sujeto. Estaba allí como invitado personal de Penélope. El único hombre, aparte de su hermano Eduardo, al que Cruz convidó a vivir con ella la noche más importante de su vida. Alegre y Cruz son amigos. Íntimos. Como hermanos. De los que pueden estar las 24 horas juntos sin hartarse el uno del otro o años sin verse sin perder la complicidad. Todos tenemos amigos así, o nos gustaría tenerlos. Nueve amistades por cabeza confiesan los españoles, según una encuesta internacional. Alegre rompe la estadística. Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro.

Que mis amigos sean famosos no es relevante, muchos no lo eran antes

Ni por todo el oro del mundo sacaría algo mío en las revistas del corazón

Uno de mis placeres es presentar a gente que sé que puede conectar

Desde ese punto de vista, este profesor de Ingeniería Económica de la Universidad de Zaragoza, soltero y sin hijos, escritor y periodista de cine nacido en 1962, en Lechago, diminuto pueblo de Teruel, hijo de campesino y ama de casa, es un potentado. No tiene perfil en Facebook, ni en Tuenti, ni en Twitter, pero acredita cientos de amigos. De los de verdad. De los que se ven y se tocan. Un tipo popular, sí, pero no tanto como muchas de sus amistades. Esas que, por el mero placer de tenerle cerca en sus días de gloria, le han llevado de la mano a eventos históricos, vacaciones de ensueño, tres veces a la entrega de los Oscar en Los Ángeles, y al mismísimo palco de la final de la Champions League entre el Barcelona y el Manchester en Roma la última primavera.

En la agenda de Alegre figura, aparte de un sinnúmero de personas anónimas fuera de su círculo, buena parte de la nómina de actores, directores, músicos, intelectuales y deportistas del país. Penélope, por supuesto. Pero también Pep Guardiola, Maribel Verdú, los hermanos Trueba, Jorge Sanz, Labordeta, Bigas Luna, Ariadna Gil, Elena Anaya, Ana Belén, Serrat, María Valverde, Miguel Pardeza, Ana Álvarez, Antonio Resines, Pilar López de Ayala, Agustín Díaz Yanes, Eduardo Noriega, Gracia Querejeta, Javier Bardem, Sabina, Leonor Watling, Álex de la Iglesia, Verónica Sánchez, Gabino Diego, María Dolores Pradera, María Barranco, Ray Loriga, El Gran Wyoming y Santiago Segura, por mencionar sólo treinta de los íntimos. Fernán-Gómez, Paco Rabal o Rafael Azcona son algunos de los que lo fueron y ya no están. La lista apabulla. Parece el banco de datos de una agencia de representación. El botín de un cazafamosos. Lo insólito es que no se trata de eso. Son, simplemente, nombres, teléfonos y correos electrónicos de sus amigos. Ellos mismos lo confirman. Se ponen, contestan, dan fe. Claro que le conocen. Y le aprecian. Alegre es sagrado. Por él, lo que sea. Todos quieren a Luis.

Basta ver su álbum de fotos. Abundan las de formato APS. De ésas superapaisadas, como en cinemascope, más anchas que largas para que quepan todos los presentes. Muchas muestran cenas multitudinarias. Gente relajada, contenta de estar junta, encantada de conocerse. Alegre aparece en medio del cotarro. La suya es, casi siempre, la única cara desconocida para el público. Y sin embargo, parece el rey de la fiesta. Él mismo se defiende antes del ataque.

-No tengo adicción a los famosos. Mi única adicción es la amistad. No soy un coleccionista de amistades. Mis amigos no son cromos. Que sean populares no es relevante, a muchos los conocí cuando no lo eran. Y no son tantos. Me gusta tanto la gente que aún me parecen pocos, je, je.

Una cosa es que los conozca y otra que sean amigos de verdad…

Nos obsesionamos con las clasificaciones, me niego a hacer jerarquía con mis afectos. La verdadera amistad es muy poderosa; es un sentimiento de sintonía, de atracción de corazón y de cabeza, de querer que esa persona forme parte de tu vida. Con cada uno se establece una relación única con su código. Claro que son amigos. Yo los siento así y estoy convencido de que ellos también. Mi casa es su casa, y no es una frase hecha.

Estamos en el domicilio de Alegre en el barrio de Jesús de Zaragoza. Un moderno piso de soltero con vistas al Ebro. Un salón con el típico sofá blanco, un dormitorio principal y un austero cuarto de invitados en el que han pernoctado más celebridades que en el hotel María Cristina de San Sebastián en pleno festival de cine. La de Alegre es una especie de casa refugio para muchas luminarias del cine español. Vienen aquí como lo que son, colegas del anfitrión. A charlar de lo divino y lo humano. A cenar -las cenas de Alegre y compañía en Casa Emilio, o Lac, o Hermógenes, son legendarias en Zaragoza-, a cantar -La bien pagá es especialidad de la casa- y a reír hasta caerse. O a llorar a moco tendido, si se tercia, que para eso están los amigos. Últimamente han recalado por aquí un puñado de cineastas de primera fila a pasar el duelo tras la separación de sus parejas. ¿Quién? Inútil preguntar. Luis es una tumba. Y ésa es sólo una de las razones que explican su facilidad para hacer amigos hasta en el infierno. Aunque de pequeño él lo que quería era ser santo.

Alegre siempre fue hipersociable. A los cuatro años ya era monaguillo y jugaba a decir misa. Sus primeras lecturas fueron las vidas de santos que le dejaba su madre, Felicitas Saz, una mujer con el nombre muy bien puesto, “superdotada para la alegría y la amistad”, que tenía siempre la puerta abierta y la casa llena de gente. Su padre, Alberto Alegre, era un “campesino ilustrado”, cinéfilo, forofo del fútbol y lector empedernido. “Uno de mis primeros recuerdos es ver a mi padre yendo a dar de comer a los cerdos con Madame Bovary bajo el brazo, o saltando al oír en la radio un gol del Zaragoza. Aquello me marcó. Algo que hacía tan feliz a mi padre tenía que ser cojonudo”. Las novelas, el cine y el fútbol iban a convertirse, también, en las pasiones del pequeño Luis.

Fueron los libros los que le ampliaron el estrecho horizonte de Lechago. El cura del pueblo le recomendó para una beca en la Universidad Laboral de Cheste, en Valencia. De aquel internado donde vivió con otros 300 niños vino con el veneno del cine inoculado en el alma -fue encargado del cineclub, “El extraño viaje El apartamento, que he visto 68 veces, me conmocionaron”- y con el título de “alumno más sociable” en la pechera. Hasta hoy. Es, sin embargo, en la Zaragoza de los ochenta donde el círculo de Luis se abre al universo de la cultura, el deporte y las celebridades. Estudió Empresariales. “Intuía que me ayudaría a entender el mundo, pero, sobre todo, era una carrera con salidas y que podía cursar cerca de casa, porque mi familia no se podía permitir otra cosa”. Así es Alegre: un tipo con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes. Con un sueldo como profesor auxiliar asegurado, comenzó a ejercer su amor al arte. La intelectualidad maña -Mariano Gistaín, Labordeta, Manuel Rotellar, Víctor Muñoz- repara en ese joven brillante y entusiasta y le invita a colaborar en revistas, radios y teles locales. Alegre se cuela por derecho propio en la pomada aragonesa. La visita de Fernando Trueba a Zaragoza para presentar su Ópera prima fue el punto de inflexión. Su llave de acceso al gran mundo. Luis y Fernando conectaron. El flechazo, mutuo, continúa.

“Unos amigos te llevan a otros”, resume. Trueba le presenta a su hermano David, que le presenta a Maribel Verdú, que le presenta a Jorge Sanz, que le presenta a Penélope, que le presenta a Ariadna Gil, que le presenta a Guardiola… Labordeta le presenta a Sabina, que le presenta a Serrat, que le presenta a Ana Belén… La secuencia puede no ser exacta, pero sí verosímil. Desde entonces, su lista de amistades sólo crece. Alegre, cada vez más conocido, cada vez más influyente, se va haciendo un hueco en el mundo que realmente le apasiona. El economista por obligación se convierte en hombre de la cultura por devoción. El perejil de todas las salsas. Hoy es uno de los nombres imprescindibles en la organización de eventos cinematográficos del país. Desde luego, el más querido.

Organizador y asesor de festivales varios -Tudela, Málaga, La Almunia, Jaén-, demuestra en todos su extraordinario poder de convocatoria, como en su programa de entrevistas El reservado, en la televisión aragonesa. “Si está Luis, voy”, es la consigna que circula entre sus amigos. Y sus amigos son la crema del oficio. De éste y de otros. Los que lo son ahora y los que lo pueden llegar a ser. O no. Luis, como su madre, Felicitas, mantiene la puerta abierta y no pide más credenciales que la simpatía. “Cada persona, cada evento, cada trabajo, te da oportunidad de conocer gente. Calculo que coincido con unas 200 personas al año, por eso digo que todavía tengo pocos amigos. Me atraen la bondad, la belleza, el talento, el encanto, me interesa la gente interesante y, cuando la encuentro, quiero conocerla y conservarla”, admite. A lo que se ve, el sentimiento que provoca es mutuo.

“Cuando lo conoces, no quieres vivir sin él”, dice Maribel Verdú, que se lo encontró a los 16 años, en la presentación de El año de las luces en Zaragoza. “Ahora son muchas, pero yo fui la primera”, bromea sólo a medias la actriz, que considera a Alegre su “amigo del alma”. “Tiene un sentido del humor brutal, una cultura extrema y un corazón de oro. Es bueno porque sí, sin querer nada del otro. No te dice sólo lo que quieres oír, te rompe los esquemas. Jamás le oirás nada malo de nadie. Te da una confianza total. Es libre y te deja libre. Es un aglutinador de gente. Te lo quieres llevar a todas partes. No puedo estar sin él”, confiesa. No en vano, Verdú es una de las habituales de casa Alegre en Zaragoza. “Y desde mucho antes de los tiempos del AVE”, deja dicho Maribel, que aprendió de Luis, y sobre todo de su madre, doña Felicitas, el acento maño con que adornaba a su personaje de criada aragonesa en El laberinto del fauno.

Jorge Sanz también se reivindica como “uno de los primeros” amigos actores de Alegre. Jorge le conoció “meando los dos” en el cine de Zaragoza donde se proyectaba Valentina. Y desde entonces, su intimidad ha ido a más. “Luis es una obra de arte con patas. Ha hecho de su vida su obra. Hace falta mucha inteligencia, valentía, pasión y bondad para vivir como te da la gana sin hacer daño a nadie, al revés, dejando alrededor amistad y placer. Es un catalizador para reunir y sacar lo mejor de los demás. Lo hemos compartido todo, hemos vivido años juntos, pero sin liarnos, ¿eh? Luis tiene su puntito de pluma, pero yo pongo la mano en el fuego por él”, concluye el actor, cariñosamente faltón con su colega.

El aludido había recogido el guante mucho antes de que Sanz lo lanzara. “Como no tengo novia fija, canto La bien pagá a la mínima y prácticamente vivo con mi madre, cumplo todos los requisitos para ser considerado un maricón de manual. Muchos, y muchas, lo piensan”, admite, “hasta que me conocen”. “No hay nada que me guste más que las mujeres, pero soy consciente de que no soy Brad Pitt y no voy de moscón ni de pagafantas. La amistad me ha proporcionado más satisfacciones que el amor. Quien yo he creído que podía ser la mujer de mi vida, no ha pensado lo mismo. Pero no por eso voy a renunciar a la amistad íntima con las mujeres. Las relaciones sexuales están sobrevaloradas. Que yo sea amigo íntimo de Penélope Cruz, Maribel Verdú y Elsa Pataky sabiendo que nunca voy a tener nada con ellas es la mejor prueba de mi amor por la amistad”.

En eso discrepa de su “añorado” Fernán-Gómez. Alegre fue, con su íntimo amigo David Trueba, el codirector de La silla de Fernando (2006), una película-conversación con el mítico actor, escritor y director fallecido en 2007. En ella, un deslumbrante Fernán-Gómez muestra su genuino desconcierto cuando Alegre, fuera de plano, le pregunta por su relación con las mujeres. “Puede haber una amistad entre un hombre y una mujer siempre que ese hombre no sea yo. No se me ha ocurrido, no he sabido nunca tener una amistad con una mujer”, confiesa sin ironía el actor, y es fácil adivinar la perplejidad de su interlocutor, un tipo que cuenta a las íntimas por docenas. “Las mujeres son las mejores amigas”, sostiene, “son mujeres, y eso es un valor añadido”.

“Luis es amigo de las tías más buenas de España, algo así como su consejero espiritual, con lo besucón que es”, se admira José Antonio Labordeta. “Él puede: es un tío lleno de bondad, humor e inteligencia. Una persona muy profunda que, al tiempo, te cuenta unos chistes que te mueres de risa. Una cena con él es sagrada. Un seguro de diversión al que, tal como están las cosas, ni se puede ni se debe renunciar”. Labordeta, veterano músico y político aragonés, amigo de Alegre desde los ochenta, acaba de recoger en Lechago, pueblo de 30 habitantes en invierno y 120 en verano, el Premio Peirón 2009, de nueva creación. Ni que decir tiene que Alegre, que veranea con su madre allí, es el presidente de la comisión de festejos.

“Luis es, para el cine de hoy, lo que era el Oliver, o el Bocaccio, o el Riscal en los sesenta y setenta, o la Residencia de Estudiantes en los veinte y treinta: un lugar de encuentro. Un foco de pensamiento, convivencia interdisciplinar y buen humor garantizado. Es muy de agradecer que se haya colado en nuestras vidas para mezclarnos sabiamente. La charla, el cuerpo a cuerpo y el disfrute de una sobremesa con conocidos y desconocidos son imprescindibles en nuestro trabajo. De ahí surgen ideas, colaboraciones y no poco consuelo”, resume Ángeles González-Sinde, otra amiga de décadas. La entonces incipiente guionista y hoy ministra de Cultura coincide con la actriz Leonor Watling, que califica a su amigo Alegre como “un superconductor de partículas. Un tipo capaz de juntar en una mesa a perfectos desconocidos, cada uno con su ego a cuestas, y que prenda la chispa”. La actriz recuerda la ilusión “y la ansiedad” con la que acudió a la primera cena con Luis, hará unos quince años, cuando “no era nadie y estaba hambrienta de charlas y de contacto con gente del oficio”. “Ya entonces, si alguien te invitaba a una de sus cenas, quería decir que estabas en el buen camino. Soy medio inglesa y medio segoviana, el paradigma de la desconfianza. Todo el mundo hablaba bien de él y yo pensaba que no podía ser tan perfecto. Pero sí. Es una especie de Celestina de la amistad sin más interés que el que tiene por las personas”.

Al aludido no le disgusta la comparación. “Uno de mis mayores placeres es presentar a gente que sé que puede conectar, caerse bien, quererse, y que se conviertan en amigos. Cuando veo a personas conocidas y anónimas, de Madrid, de Zaragoza o de donde sea, que yo he presentado, riéndose juntas soy el hombre más feliz del mundo. En ese sentido, vale, soy un alcahuete”. Pero sólo cuando quiere, con quien quiere y porque quiere. En eso se declara insobornable. Si la información es poder, alguien con semejante agenda y nivel de cercanía personal con alguno de los hombres y mujeres más deseados e influyentes del país ha debido de tener ofertas de todo tipo. Sí, admite. Pero no, no le interesan.

Los productores de programas y revistas del corazón ya ni le llaman. Saben que es inútil -”ni por todo el oro del mundo; me tendría que dar un golpe malo, volverme loco, no está en mi ADN”- intentar sacar algo de la tumba Alegre. Los políticos, tampoco. “Alguno intentó ficharme, pero tengo una existencia tan plena que un cargo sólo empeoraría mi calidad de vida. Además, a estas alturas de la película, tengo dos o tres cosas claras: no estoy dotado para dar órdenes, ni para sacarme el carné de conducir, ni para acostarme con Giselle Bündchen, aunque no renuncio a conocerla; si alguien me la presenta, allá que voy”. Así es el amigo Alegre. Un “intelectual con alma de cómico”, en palabras de Goya Toledo. El single menos solitario del mundo. Siempre disponible para los suyos. Para su familia -su madre, dos hermanos y dos sobrinos, apiñados en el mismo barrio de Zaragoza- y sus amigos. Una legión variopinta en la que militan mayores -María Dolores Pradera, de 83 años- y niños -Nerea Camacho, de 13-; proletarios y aristócratas; republicanos y princesas.

Hay una amiga antigua a la que conoció, como a tantas, cuando nadie le ponía cara. La chica, periodista, le pidió ayuda para un reportaje y él se la ofreció. Se hicieron amigos. Se veían de vez en cuando en Madrid. Cine, cenas, copas, charla. Hasta que ella se casó. Él pensó entonces que se verían menos, pero ella se empeñó en mantener el contacto. Se llaman, se mandan SMS, mails. A veces quedan. Este invierno se les vio juntos en el teatro madrileño donde Maribel Verdú y Aitana Sánchez-Gijón representaban Un dios salvaje. Luego se fueron los cuatro a cenar. Otra noche de risas con amigas hasta las mil. El número de móvil de la tercera comensal figura con seudónimo en la agenda de Luis. En realidad se llama Letizia.

https://elpais.com/diario/2009/08/30/
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