Mañana es el gran día: el señor Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, anunciará que va a imprimir alrededor de seiscientos mil millones de euros para comprar deuda. Quizá un billón.
Este truco se llama en inglés QE (expansión cuantitativa). Los mercados y la tiendeta de la esquina ya han descontado ese dinero y confían que les llegue algo. Los pretextos para esta riada de euros son varios, pero cualquiera puede inventar los suyos propios porque lo único cierto es que nada ha funcionado, que las autoridades operan en modo prueba y error y que todo depende de todo.
El volantazo de Suiza la semana pasada, que abandonó la paridad con el euro, ilustra este alegre caos mundi: Nestlé perdió en un minuto un 10% de su valor. Se supone que ese dineral del QE va a llegar de alguna manera a la inmensa base dolorida: tan dolorida que ya tiene un pie fuera del sistema y es capaz de votar a cualquiera que le prometa un bocadillo de mortadela y un poco de wifi.
El domingo vota Grecia y pronto España. A lo mejor la inyección de dinero a la que tanto se han resistido los jefes tiene algo que ver con eso: no es porque se apiaden de esa población precarizadísima, sino para no ser desalojados del mangoneo. Tensar demasiado el sufrimiento empuja hacia Syriza, hacia Podemos y a otras alternativas (que a fuerza de moderarse ya han retirado el bocata de mortadela).
Oremos a puñetazo limpio para que Draghi y los que dirigen sus palos de ciego acierten con este maná que van a entregar a sus amigotes; oremos para que lleguen unas migajas con que pagar los infinitos impuestos a fin de parchear este Estado glotón y poder engordar de nuevo las múltiples deudas. Hala QE ya os vale.
(En Heraldo de Aragón de hoy)
