La máquina expendedora de gel no reconoce mi mano. Ha pasado una señora y ha escanciado sobre la suya el desinfectante. A mí, nada. He probado varias veces, con las dos manos, en vano. Pienso: se habrá acabado el gel. Pero sigue entrando gente y la máquina a todos les vierte su chorrito. Yo no lo he conseguido. Me he sentido invisible, inexistente. La célula del ascensor, lo mismo. Por eso he venido. ¿No le parece raro?
–¿Hay alguien más? –ha preguntado la doctora desde su despacho.
–No –ha respondido la secretaria a la que yo estaba hablando.
Han comentado algo del horario y han salido.
No puede ser una broma porque ambas me han atravesado.
