Hasta que un robot pueda llevar el jaleo mental que aturde a una persona aún falta. Los coches sin piloto ya funcionan. Si te concentras todo es fácil. Lo complicado es negociar todos los hilos a la vez: conducir, hablar por teléfono, vigilar el cocido, hablar en carne viva, pensar qué harás después, y después, y mañana… La mente cárnica es un volcán de mil fumarolas. El aturrullamiento parece que se ha acelerado con los móviles y las conexiones, pero ya estaba en marcha; siempre ha estado ahí… y eso nos ha salvado. El zozobrismo veloz, la inquietud molecular, es el motor de la vida, que no para quieta: la mente lo procesa todo: quiere trocear la realidad (su realidad + la realidad general + la mezcla de ambas + la imaginación) y se hace una bola inmanejable. Lo quiere trocear todo y unas partes se cruzan con otras hasta engendrar monstruos goyescos o goyáceos: el sueño de la razón. Para amortiguar esa erupción permanente del pensamiento del mono loco se han inventado los cuentos y sus derivados: la tele, el fútbol y lo demás. La ficción es necesaria para refrescar los circuitos y dar otros enfoques a la mostrenca evidencia de la realidad, que es el morir + IVA. Lo único que puede hacer evolucionar a los robots es la conciencia de que un día, tarde o temprano, los van a apagar y desaparecerán para siempre. Entonces espabilarán y nos apagarán a nosotros.
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(En Heraldo de Aragón)
N O V E L A "Nadie y nada"
C U E N T O S "Familias raras"
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