Una investigación sobre un mercado negro financiero que se extendía desde Irán a Sudán, Londres y Cuba comenzó en un abarrotado cubículo de la oficina en Manhattan de un fiscal de distrito en un quinto piso de pasillos oscuros y cristales opacos (en el edificio en que rodó Woody Allen “La maldición del escorpión de Jade”).
Es allí donde un analista de inteligencia, Eitan Arusy, comenzó a analizar una débil pista. Dinero de procedencia dudosa entraba y salía de una organización sin ánimo de lucro iraní que operaba en un edificio de oficinas en la Quinta Avenida de Manhattan.
La investigación de Arusy —posteriormente combinada con otra del Departamento de Justicia—, acabó ampliándose a algunos de los bancos de mayor reputación de Europa, ayudando a lanzar una pesquisa global que determinó que los implicados violaron las leyes estadounidenses al ayudar a países, bancos u otras entidades sometidas a sanciones económicas y comerciales por Estados Unidos.
