Esta columna se la dedico a la Virgen del Pilar. Para darle las gracias, para pedirle más favores. Para decirle que la quiero. Aprovecho para decirles a ustedes, queridos lectores, que le pidan cosas con toda confianza, que Ella se las concederá. La fe es inexplicable, pero basta querer tenerla, o tener un poco, una molécula, para que la Virgen te la aumente. Me da un poco de corte escribir esto porque ahora el cristianismo está mal visto. Me da corte porque confesarse creyente en estos tiempos es un poco marciano, una cosa exótica, casi un esnobismo o una superstición. Y también me da alegría porque creo que la Virgen del Pilar se pondrá contenta de que escriba de ella en esta columnilla, que es suya. Cualquiera de las personas que se acercan al Pilar a pedirle cosas les dirá que se les concede, que les hace caso y escucha sus peticiones. A mí me concede muchas, aunque no acaba de darme la Primitiva, pero creo que es porque Ella quiere que yo haga algo antes. No sé, tal vez dejar de fumar, escribir mejor. O porque quiere ahorrarme las tribulaciones de tener que ir a Panamá o a Andorra con el maletero lleno de billetes. Entretanto, me concede pequeños infinitos milagros a diario. La vida, el primero. Que amanezca, que ya es tanto. La familia, los amigos, esta columnilla, que es suya y la de ustedes, la lluvia, el amor. En fin, que quería compartir esta devoción por la Virgen del Pilar y certificar que los milagros existen. Sólo hay que pedirlos. Gracias.
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(Columna de ayer en Heraldo de Aragón)
