El poder estaba en el petróleo. En estos años se aceleró la transición hacia otras fuentes de energía, pero las corporaciones petroleras seguían manejando gran parte de los hilos secretos que decidían el destino del planeta y de los siete mil millones de personas que habitaban en él.
La información era la savia de la vida. Todos los países y organismos habían multiplicado sus agencias de inteligencia y espionaje; la proliferación de organismos secretos, públicos y privados, ofuscaba la inteligibilidad del mundo. La confusión entre los intereses estratégicos y de seguridad de los estados con los de las empresas era una parte esencial del sistema.
Ciudadanos de todo el mundo luchaban contra esta opacidad filtrando y publicando informes y documentos secretos que periodicamente desveleban aspectos oscuros, conspiraciones y avances científicos y tecnológicos que en vez de utilizarse para el bien público se empleaban para obtener ventajas militares.
Al menos quince países competían en una lucha inconfesada para disponer de armas e instrumentos de control inimaginables hace dos décadas. Las posibilidades de la ciencia no parecían conocer límites: ordenadores que leían el cerebro, implantes de software biológico… la barrera entre las máquinas y las células se había diluído.
Todos los países experimentaban en secreto por el control del clima. Costosas instalaciones secretas influían sin cesar sobre las capas de la atmósfera, a veces con resultados catastróficos, nunca reconocidos oficialmente.
La pugna política y comercial se había ampliado al espacio exterior. Corporaciones privadas, alianzas militares internacionales (a veces secretas) y países competían por el dominio del cielo y el poder de los satélites, cuya precisión rozaba lo esotérico.
La ciudadanía se veía sometida a un control exhaustivo por parte de las administraciones y de sus corporaciones: no había dato que pudiera escamotearse. A este control total escapaban grupos muy poderosos, tanto legales como fuera de la ley: seguía habiendo un mundo paralelo, duplicado, que no pagaba impuestos, que corrompía o intentaba corromper a las democracias y que blanqueaba sus inmensos capitales perturbando el lado visible del mundo. Por otro lado, las personas disponían de más poder que nunca para presionar a sus dirigentes, pues la tecnología permitía votar y opinar de forma inapelable sobre cualquier cuestión: el móvil era el número de identificación universal. La primera batalla siempre era por la imagen.
