Lo que quisimos los españoles y españolas que saliera de las elecciones del pasado 20 de diciembre es lo que está pasando: que no hubiera gobierno. Nos cuesta aceptar esta evidencia porque nadie puede calcular qué van a hacer los demás. Pero la conclusión, después de mucho jaleo estéril, es que no hay gobierno. Por lo tanto, científica, sutil e inconscientemente, hemos votado para que no haya gobierno. No votamos por la anarquía, sino por la interinidad. Digamos que necesitábamos un descanso, un respiro de un sistema agónico. Un reset. Ha habido tanta corrupción, sectarismo, puertas giratorias, clientelismo y poco respeto a la separación de poderes que nos hemos querido dar unas vacaciones. Unos meses sin ellos (aunque suponga estar con ellos a todas horas). Al menos no pueden asestarnos nuevos impuestos. No pueden legislar. Ya es bastante. El CIS refleja que la ausencia de gobierno sólo preocupa al 1,4% de los españoles. Preocupa el paro y la corrupción, que quizá son lo mismo. Tal vez hemos querido que los políticos sientan la incertidumbre y la precariedad, que trabajen más horas, que se reúnan más veces, que renuncien a sus egos monstruosos, que cedan… en fin, que hagan los que el resto venimos haciendo desde ni se sabe. Más reuniones, más acuerdos y menos monserga. Hasta ahora solo hemos visto el ruido. Ese 1,4% de preocupados debería hacerles reflexionar. Tanto dar la brasa con que hay que innovar, ahora pueden hacerlo. La pena es que no haya la misma interinidad en las autonomías, ayuntamientos, etc.
(Columna de hoy en Heraldo de Aragón
