Si hubieran hecho algo lo sabríamos. Las innumerables instituciones devoran al país. La gestión de deudas consume la mitad del tiempo y todo el espacio mental: las instituciones emiten verborrea porque no pueden emitir hechos. Ya que no hay dinero (excepto para ellas mismas), hay discursos. A veces los discursos son para explicar por qué no hay dinero: este subgénero lacrimógeno (herencia) se matiza con la certeza de que todo irá mejor y pronto habrá algo (milagro). El poder emite nervios –por las elecciones– y discursos, pero no emite dinero, esa especie que siempre se retrasa por algo indefinido: error informático o quizá fallo del telégrafo. Las instituciones han perfeccionado el envío de recibos y la exigencia de requisitos y han avanzado mucho en perfeccionar su propia supervivencia que consume sin control. Para emitir facturas, añadir recargos y cobrar tienen gran agilidad. Hasta helicóperos multadores. Para pagar, hay demoras, fallos y errores de todo tipo. Podrían usar los helicópteros para echar sobres con euros. Los trámites para abrir una empresa no se han aligerado apenas: primero pagar y luego pagar. Esta política de sangrar al censo ha provocado que las multinacionales se vayan a declarar a Irlanda y que los pequeños se coman el IVA con el bocata. O que se coman el IVA en vez del bocata. Los datos para cobrar están siempre listos para sentencia. Los datos para pagar o para explicar lo que (no) hacen, vuelva usted mañana.
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(El miércoles pasado en Heraldo de Aragón)
