El activista cansado

Pablo Iglesias estaba relajado, blando, sin nervio. Como si hubiera tomado un yurelax, relajante muscular, para las contracturas. Dicen en su partido que los viajes a Bruselas y el trabajo en La Tuerka, programa de tv, se suman a la vida política, y que está, en efecto, cansado. Él dice que tanta actividad le impide pensar. Eso le honra porque es justo lo que nos ocurre a todos, en su doble vertiente: el que trabaja está hecho polvo y no puede pensar; el que no trabaja, más hecho polvo todavía y con menos posibilidad de pensar, excepto en los números rojos y en el paso inclemente de los días. Lo que le pasa a Iglesias es lo normal. Y eso yendo bien. Ni él ni Rivera miran la cuenta corriente: genial pregunta de Évole. Ese cansancio histórico, de meses o años, le acerca a la audiencia fatigada e insomne. Si tuviera un gran asesor de imagen le hubiera recomendado ese postureo. A lo mejor los despistes y lapsus de Rajoy están pensados para seducir a sus electores. El candidato acaba por imitara sus votantes. Rivera estuvo más espídico, más lanzado y energético, ideal para el votante que sale a correr y a comerse el mundo. La fatiga también vende: quizá Iglesias solo quería conquistar a los jubilados.

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