Domingo Doz

FRANCISCO MOLINA SOLANAPublicado en El Cruzado Aragonés

Fría tarde de invierno, de febrero. Se oye el tono de una música que suena en la lejanía, una canción parasitada por ruidos de fondo.


Foto de Domingo Doz tomada por Jorge Juan Pascau en 1980 en la Estación de Autobuses de Barbastro

Un martes o miércoles salió de casa, como tantas otras veces, sin destino ni propósito; la puerta de aquella casa quedó entreabierta, como siempre. Ninguna puerta hubiera podido contener su impulso. Deambular, andar los caminos, las carreteras, ir de aquí para allá sin dirección, esa era su ocupación arrumbada. Caminaba en grumoso cortejo de número primo, arropado por el abrigo de paño grueso que le acompañaba todo el año – lo que sirve para el frio sirve para la calor- decía Domingo.

Caminaba por las carreteras de la comarca, lo hacía a cualquier hora del día o de la noche, bajo la amenaza de la borrasca o el rigor de la canícula, con el saco al hombro. Un hombre de pequeña estatura con abrigo oscuro, pesada vestimenta renegrida, con una flor roja al ojal y un saco a la espalda, que caminaba por el borde de la calzada aquella tarde de febrero ya oscurecida con dirección a Peralta.

Un hombre que quedó tendido sobre el asfalto por el atropello de un vehículo, con sus ropas y el saco hechos jirones. No era la primera vez que sufría una embestida, pero ésa del 22 de febrero de 1992, de aquel martes o miércoles, sería la última. No aguardó la muerte, le sobrevino en el camino.

Domingo Doz producía una humilde atracción que animaba a preguntar y saber. Saber ¿quién era ese personaje que se retrataba cada mañana para salir de casa, que se caracterizaba para ser, para estar? Como el majestuoso y andrajoso Menipo de Velázquez, volvía el rostro hacía el oyente o espectador para mostrar una expresión de satisfacción o desdén. Entornaba los párpados o reía y continuaba su camino.

Todos los viernes bajaba andando a Barbastro desde Berbegal, para regresar al día siguiente también andando o en el coche de línea. Solía cubrirse con ese abrigo que le llegaba hasta los tobillos, adornado por un clavel rojo en la solapa que destacaba sobre el oscuro atuendo; en ocasiones se vestía con un traje de pana también de tono pardo: negro o marengo.

Merodeaba por la estación de autobuses, sentado en uno de aquellos bancos de madera alargados con el saco en el regazo, observaba al personal, sonreía, casi siempre lo hacía, y retomaba su vuelta por Barbastro.

Entonces recorría un itinerario de comercios y domicilios donde le acogían sin ruego, siempre los mismos; solo aspiraba a un café con leche o unas pesetas, se conformaba con unas palabras de apego o el cálido aprecio del silencio; poca cosa. Protegido por el céfiro de la comprensión callejeaba por la ciudad: en la panadería La Moderna de la plaza del Mercado dejaba pasar las horas en el obrador de Fermín, tomaba algo en la cafetería del Cine Cortes, hablaba con algún conocido, se afeitaba y perfilaba el perenne bigote en la barbería, entraba en la imprenta Huguet para no dejarse tocar las orejas -era algo sordo, siempre las cubría con algodón-, encajaba algún desaire o burla, compraba tijeras que perdía con facilidad…

Los viernes dormía en la panadería Buera, como antes lo hizo en la de la calle Monzón, en la panadería de Aurelio Villanueva. Mientras trajinaban con el pan, Domingo les hablaba de sus caminos, de sus viajes, de su vida y sus temores, reflexionaba sobre la suerte que hubiera corrido de vivir su madre. Vaciaba el saco que tanta curiosidad atraía y rompía los recortes que lo colmaban; recortes de periódicos y revistas que había perfilado al tuntún con una tijera siempre presta.


Foto familiar. Domingo es el primero por la izquierda

Recortaba imágenes o textos con avidez mientras canturreaba, sonreía o gruñía. Al despuntar el día recogía, se ponía el abrigo, cogía el saco demediado y partía cantando o refunfuñando, según le daba. Cuando dormía en la panadería de la calle Monzón, desaparecida hace décadas, algunas noches de invierno coincidía con Julieta.

Domingo Doz Puivecino nació en 1922 en Berbegal, al poco de nacer quedo huérfano de madre. A corta edad sufrió una meningitis. En la escuela del pueblo aprendió a leer y escribir, a librarse del rechazo y de la falta de destino. Aprendió que el camino de la libertad pasaba por la indolencia.

La enfermedad le dejó como secuela esa forma sobrevenida de entender la vida, de relacionarse, de actuar en libertad, también un grado de sordera -ya lo hemos dicho. Salió del pueblo para dar vueltas por la península con una insistencia indómita, la recorrió de norte a sur con su particular atuendo, del que colgaba la hilaridad que producía, pero fuera de su entorno, también el temor y el repudio. Como resultado de esta combinación de paso por Madrid le apresaron por aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes; se enfrentó a la crueldad del estigma, resolvió con rapidez esta detención, recobró su libertad y continuó el camino; sin embargo este episodio quedó grabado en su piel y en su ánimo.

El hombre del abrigo, del saco, el hombre del perpetuo clavel rojo en el ojal, el hombre con alias, mote, apodo o sobrenombre, el tonto de Berbegal, como el rey Juan Carlos han quedado sepultados en el contenedor del olvido de Cristóbal Toral . Solo algunas personas recuerdan la copla que Domingo canturreaba, una letrilla de su autoría, en la que ironizaba de su apodo y su vida… Me llaman el tonto, el tonto de Berbegal, que todos viven trabajando y yo vivo sin trabajar.

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