A fuerza de enredar y después de marear a todo el mundo Artur Mas ha dado con el concepto: la independencia lúdica. Una cosa de fin de semana.
En estos tiempos tan competitivos cada pueblo y ciudad ha de organizar eventos, ferias y concursos cada finde. No tanto para atraer gente cuanto para que no se vayan los propios vecinos. La movilidad de redolada somete a los ayuntamientos y comerciantes a un gran estrés programador.
La gran movida de Cataluña en estos años febriles no es por la independencia sino por hacer algo. Obedece a esta pulsión de los tiempos: montar actividades, márquetin total (y, en este caso, global, ojo).
Este enfoque se ha confirmado con las declaraciones y el bamboleo de estos días. No se incumplen las leyes, no se convoca por decreto, no se hace nada pero… celebremos un referéndum. Una cosa lúdica, de finde, como darse la mano y posar para el helicóptero y la historia.
Todo consiste en fabricar una sucesión de grandiosos selfies corales. El referéndum no es real, no es vinculante, no es legal ni ilegal; es algo informal (un flashmob), como por otra parte ya indicaba la doble pregunta delirante pactada hace meses.
Una broma de Estado. Tiene el reclamo de la improvisación y la verbena; asistimos en tiempo real a un nuevo concepto de política blanda, independencia de fin de semana, de efemérides inventadas, de símbolos y chuches.
Ya nos hemos olvidado de las comisiones y las fechorías del clan del padre de la patria. Es la independencia posmoderna, modular, adaptada a los vaivenes líquidos de los tiempos. El veredicto ante esta boutade lo emitirán las agencias de riesgo, los turistas, la audiencia (no la judicial, la popular).
(Artículo publicado en Heraldo de Aragón de hoy)
