Entonces apareció el Administrador (él pide la mayúscula, ya que no utiliza otro nombre). Era un hombre de lejanías, tenso por dentro y blando por fuera, relajado y jovial, rápido con las armas; siempre estaba jugueteando con alguna daga, pistola de bolsillo o alguna granada de mano. A partir de ahí negociaba con calma; miraba siempre a los ojos hasta el último nanosegundo, en que hurtaba los suyos velocísimamente: temía que alguien le succionara el alma, pues él se había entregado a esas prácticas en su adolescencia y había sido proveedor de coleccionistas, lo que le atormentaba a menudo. Achacaba a las remotas víctimas de aquel tráfico el siseo que le torturaba los oídos a media tarde obligándole a atiborrarse de somníferos y sustancias que le dejaban embotado.
Humildad, escuchar y disparar era su lema favorito. Se había reservado una suite secreta en el laberíntico hotel y desde allí, por medio de diminutas cámaras y micrófonos ocultos, había seguido la lenta marcha de los acontecimientos: la llegada de Aristóbulo acompañado por Adán (luego integrado o corporeizado en Marie Sue) y Lomper –al que él había contratado, pero que quizá le estaba traicionando; la aparición de Nancy –que se decía desertora del comando de extorsionadores de hacienda. Desde ese refugio secreto había asistido también a las estrafalarias confesiones de su sicario José Luis, que se autodenominaba el olvidado. En ningún momento había descuidado el Administrador a las delicadas criaturas del sótano, a las que él llamaba las inefables. Ignoraba para qué las había comprado su jefe; solo sabía que debía conservarlas en estado latente, sin que llegaran a perder sus características singulares pero cuidando de que no las desarrollaran tanto como para hacerse independientes.
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