La abdicación de Juan Carlos es lo mejor que podía pasar.
Ha sido un golpe durísimo para los nacionalismos brasas excluyentes y anexionadores.
El nuevo Rey Felipe VI llega en plenitud de condiciones, con legitimidad constitucional, es un rey democrático.
Es el relevo generacional: ya no será un señor mayor con achaques. Es un tío joven que puede acudir a todas partes y que puede beneficiarse de la agenda y los consejos de su padre, ya liberado -autoliberado- de la monserga de los actos oficiales.
La proclamación, sobria y rápida, sin mezclar a la Iglesia ni invitar a celebridades ni dignatarios, es el primer acierto. La presencia del Ejército con un minidesfilecasi íntimo es una concesión razonable.
Felipe VI puede dar un aire nuevo a España. Ya lo está dando.
Las reclamaciones para cambiar el sistema de monarquía a república son sanas y ayudan a mantener la tensión y la competencia. Como dijo Rajoy, para hacer este cambio legalmente basta con obtener la mayoría y cambiar la Constitución.
El cambio de Rey, que ya rige de facto, ha cambiado todo, ha dado un vuelco al ambiente.
Ya estamos en otra cosa.
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