La multitud no se conformaba con girar la cabeza; antes bien se arracimaba y porfiaba por acercarse a la bocacalle de la que seguían emanando los fabulosos efluvios de marítimo frescor. Como tardaba en aparecer lo que fuese, la turba comenzó a inquietarse, a gañir y a puñear al azar, por lo que las tropas, que estrenaban uniformes y destino y estaban apostadas al otro lado de la avenida, mantenían el gesto impávido y el dedo laxo en el gatillo. Era uno de esos días en los que nadie pensaba que pudiera ocurrir nada. Entre los fenómenos climáticos y las carreras de containers ya había aliciente de sobras. Por cierto, los pilotos y los organizadores de la carrera encajaron muy mal el súbito desinterés del público hacia su espectáculo y una vez concluida la bajada empezaron a tronchar y a incendiar las estatuas de la plaza, pero al ver que nadie apreciaba esta entrega vandálica y atraídos también por el frescor optaron por sumarse brutalmente a la montaña de cuerpos expectantes.
Adán, encaramado a un armario semafórico en segunda fila, rumiaba las confidencias del señor Aristocrak: ya daba por hecho que su cerebro había sido abducido; lo que le producía ulceraciones y revoltijos era saber si después del coma se habían olvidado de él, si seguían pilotando su voluntad a distancia o -y esto le atormentaba un poco- si mantenían el acceso a sus claves cerebrales y tan solo esperaban a que se presentara la ocasión para ponerlo en marcha, como si fuera un esclavo durmiente. Pero estas preocupaciones se disiparon en cuanto la multitud empezó a aquietarse y hasta el cajón metálico en que se había aupado dejó de emitir sus chasquidos; se levantó un silencio huracanado, el aire se hizo más feble quizá porque la mara contenía el aliento.
En efecto, eran ellas. La dulce comitiva de las efebiádes avanzaba flotando hacia la avenida; sus gráciles gónadas hendían la turbamulta sudorosa que retrocedía un milímetro para tocarlas sin rozar. Ni siquiera Adán, que había estado a su servicio y muchas veces las había visto deslizarse a su alrededor, había sentido nada igual. La multitud, conmovida, daba gracias por dentro por haber alcanzado el paraíso sin más protocolo ni sacrificio que seguir en la calle y esperar, como solía, el advenimiento de algún prodigio vagamente intuido que podía ser, por ejemplo, vivir unas horas más, dejarse mecer por los hilillos secretos de la vida sin que se derrumbara el cielo -ya muy deteriorado- sobre sus cabezas, sin que estallara la red de gasoductos bajo sus recalentados pies, les invadieran los países vecinos u ocurriera cualquiera de las inminentes catástrofes que el algoritmo de guardia arrojaba cada mañana en forma de alertas de colores.
En dos o tres días -el tiempo era una goma- las silfídeas habían dado un salto evolutivo. Ya prescindían del suelo, apenas un recuerdo en sus prístinas mentes sin secretos; flotaban a un palmo sobre el asfalto costroso. A su paso suspendían la realidad, transformaban las leyes hasta entonces inmutables de la física; cada una creaba en vivo una gama de microuniversos efímeros que actuaban como pompas de sentido de forma que las personas más desprejuiciadas de las primeras filas podían ver como se escribían las fórmulas en suaves volutas de xml y otras jergas universales.
Muchos caían fulminados por la revelación que se les otorgaba solo a ellos, en versiones personalizadas, tal era el poder empático que irradiaban los hemiseres; otros querían tomar nota de las ecuaciones mientras exhalaban cánticos inaudibles y guturidos de paloma; algunos inhalaban las fórmulas para sumergirse allí mismo en los pálpitos inéditos de esas nuevas infinitudes. Las traslúcidas se perdían ya con sus túnicas ígneas entre un vaho de suspiros y entonces Adán, extasiado aún, vio al señor Aristóbulo cerrando la comitiva, tan humano, tan corpóreo, que casi hacía daño mirarlo: con su cabezón braquicéfalo, su corbata de siempre y su traje ya fatigado, el anciano iba pasando una especie de canastilla cubierta con un paño de terciopelo rojo sobre el que destellaban algunas monedas mientras con la otra mano se ajustaba las gafas y se subía los pantalones que se le habían quedado anchos de caja.
Adán se apiadó de ese hombre al que había repudiado por pesado y porque le estaba inseminando la cabeza con sus opresivos mundos de colonizadores de cerebros y sus encargos ineludibles para que llevara la contabilidad de las nínfulas. Así que saltó desde el cajón semafórico que había vuelto a emitir crujidos, alcanzó al señor Aristogallas y le dijo que le iba a ayudar. El hombraco miró a Artal (así lo denominaba su mente ya muy cebada) y le entregó la bandeja de las monedas para que siguiera pidiendo mientras él se apoyaba a enjugarse el frontal con el trapo de terciopelo. Adán quiso reemprender la marcha petitoria, pero las serafeidas se perdían ya entre el aglomerado humano que, una vez desvanecidas las presencias, perdía el estímulo y recaía en sus palmoteos y jolgorios abisales, así como en la afición recién instaurada de organizar el linchamiento de cualquiera que en ese momento anduviese despistado por las inmediaciones. Adán forcejeaba para abrirse paso e invocaba a las cosas más innombrables, pero el turbión de cinocéfalos resultaba impenetrable y la comitiva estaba cada vez más lejos. Además, la magra recaudación que le había trasferido su mentor voló por los aires en el pandemónium y hasta la bandeja se la querían arrebatar. Adán se revolvió como un molusco y la utilizó como cuchilla para hacerse respetar a fuerza de rebanar a ciegas yugulares y rasurar mentones hasta que se hizo hueco y lo dejaron a su aire.
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