Adán por si acaso quizá ha sido abducido

El smog bajaba al atardecer como una canción. Primero los gases pesados, luego los otros: los niños se entretenían contando las capas químicas mientras corrían a esconderse en las naves cuyas juntas habían sido selladas con plastilina. Los gases formaban las franjas de colores de un jersey que cubría el cielo. Las partículas de Fukushima se habían encontrado con las de Chernobyl y habían formado un cinturón de asteroides que ensombrecía el sol como una cuchillada, hacía espejear el forro de los satélites y se comportaba como un meridiano que de repente se hubiera materializado. Estos prodigios de diversas contaminaciones se combinaban al azar produciendo chispazos, desgarrones y un sinfin de coreografías inéditas que mantenían boquiabiertos a los que renunciaban a esconderse en los refugios. Luego todo volvía a la normalidad y la vida seguía con su febril languidez.

A Adán le venían barruntos y fulguraciones que él achacaba a los años del coma. Sufría interferencias de capas de realidades ignotas, se le infiltraban recuerdos ajenos, como si estuvieran flotando a media altura y él los fuera absorbiendo al pasar. Intentaba esquivarlos, pero se le engarfiaban.

Aristobulón o Aristobulbo, en las tardes en que pretendía adoctrinarle sobre la contabilidad y los enigmas de la casa, le había explicado que el coma es imposible, que lo que ocurre es que los cerebros son colonizados por seres hiperstresados que necesitan apaciguar sus acometidas energéticas. Adán, que adoraba a las seráficas, había abandonado la casa para librarse de la polución verbal del administrador, que tomaba pastillas para no dormir pues estaba convencido de que si aflojaba el dogal de la conciencia las almas ansiosas se infiltrarían también en sus circuitos para extirparle los secretos y doblegar a las miríficas.

Lo que le dijo el señor Aristogato era que el negocio del momento estaba en apoderarse de los cerebros ajenos. La tecnología, muy sencilla, constaba de un faux pixel que succionaba el contenido esencial (las claves, por decirlo así) mientras la víctima leía inocentemente en su pantalla viciada de origen. Por ese pixel hueco, puerta trasera, se colonizaba al incauto, que quedaba a merced de su amo sin saberlo. Cuando el control del cerebro era total, el colonizado perdía el oremus y a todos los efectos aparentaba estar en coma. El otro sistema permitía al esclavo seguir con su vida habitual y cuando era requerido por sus gestores, obedecía sin darse cuenta y podía cometer cualquier barbaridad.

Adán sospechaba que si el señor Aritobulbo le revelaba estos manejos era por algo, pero no se atrevía a interrumpirle. Poco a poco, a medida que las tediosas explicaciones se iban haciendo más frondosas, le asaltó la certeza de que él había sido uno de los damnificados por esta moda. Eso justificaría los años de coma y la incapacidad para mantener la concentración, aunque esa dispersión le acompañaba desde su infancia pastoril. Él había visto que las ovejas estaban o aparentaban estar siempre muy concentradas y que no parecían haber evolucionado demasiado, así que ya de niño debió optar por la vía contraria.

En todo caso, el señor Aristóbulo parecía estar divagando, quizá el que se iba de cabeza era él (o estaba siendo gestionado a distancia), porque en vez de rematar el discurso aún se perdía en divagaciones cada vez más alejadas de su ámbito de competencias. Quizá solo estaba tratando de impresionar al pobre Adán para que aceptase sin rechistar los nuevos cometidos que quería endosarle.

Estas guedejas de la chapa aristobularia se le infiltraban a Adán entre sus ensoñaciones mientras asistía con otros gañanes a las carreras de containers, que bajaban dando violentas sacudidas por avenida de los Héroes Incólumes Martirizados en Vano. Entonces se hizo un silencio estereofónico y todos dejaron de seguir las evoluciones de las cuadrigas: por una calle lateral, una cellisca o céfira suavísima formateaba un fragor de océanos y hasta el público más sofisticado adivinó que por allí iba a asomar algo que no sería fácil de olvidar.

___

Siguiente:

Adán barrunta la holocaustíada pero aún quedan dos o tres ratitos buenos

__

Anterior: Carreras de containers

__

Empieza: http://www.gistain.net/46967/

This entry was posted in .. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>