Estaba escribiendo un cuento en papel. Dejé el cuaderno en el sofá y al volver a cogerlo faltaba un personaje.
—Se ha ido —confirmó otro personaje (al que llamaremos B, porque no quiere que se publique su nombre).
—No ha podido irse —protesté—, ¡era el protagonista!
—Pensaba que el protagonista era yo —dijo B, decpcionado.
—Bueno, en parte sí…
—No temas —concluyó B—, yo no me iré. Qué, ¿seguimos con el cuento? Ahora estamos solos.
Cerré el cuaderno con cuidado y lo guardé en un cajón. A veces aún oigo a B.
—Te equivocas —dice B—, el cuaderno lo cerré yo.
———-
