Las relaciones entre madres e hijas, entre abuelas y nietas son los pilares sobre los que se construye la novela “Agua y cielo”.
Una misma historia narrada en varios tiempos
Vidas diferentes en un tiempo igual
Espacios marcados por sentires
Mujeres que crean lugares irrepetibles
Memoria engendrada y nacida por amor
El amor abnegado de las madres por los hijos sustenta toda la trama.
La gratitud de los hijos dicta la narración.
Cualquier madre se reconocerá en palabras y acciones de Juana, de doña Luisa, de la madre de la narradora, de doña Amalia -que, aunque no es madre, es como si lo fuera- o de la propia Leonor.
“Agua y cielo” es una novela para que madres e hijos reconozcan su mutuo amor y recuerden lo importante que es agradecerlo.
Las madres, las abuelas, las hijas, las enamoradas… son las protagonistas porque “Agua y cielo” es una novela extraordinariamente optimista, y las mujeres son dueñas del optimismo, de la alegría que proporciona el estar segura de que la vida se proyecta siempre hacia el futuro.
Fragmento de agua y cielo
Leonor se fue corriendo al pozo salado, donde su madre iba a aclarar la ropa. Casi sin aliento llegó hasta el último huerto que había antes de llegar al venero. Se escondió detrás de la pared de mallacán y rompió a llorar desconsoladamente. Desde ahí podía ver a su madre. Comenzaba a anochecer y ella seguía aclarando la ropa de otras mujeres que no necesitaban ir a lavar porque tenían dinero. La vio bajar hasta el pozo y subir con dos pozales llenos de agua hasta los bordes. Su cara reflejaba cansancio, pero también alegría y paz. Miró las manos de su madre, mojadas y enrojecidas. Eran las mismas que tantas veces la habían acariciado, las que le habían dado de comer y la habían lavado. Manos que la habían enseñado a vestirse, a atarse los zapatos y a dibujar. Cuánto le gustaba a Leonor de niña que su madre la enseñara a dibujar: ponía Juana su mano sobre la de su hija y juntas hacían casas, árboles, soles, nubes… Cuando ella o cualquiera de sus hermanos se quejaba de que las manos de su madre raspaban, Juana se apresuraba a untárselas con aceite y limón con el fin de que estuvieran más suaves para acariciar a sus hijos. Siempre se había desvivido por todos.
