Un fragmento de la novela “Agua y cielo”

Aleluya era el pueblo con más pozos por metro cuadrado de todo el mundo. Elías, el zahorí, iba con una rama de litonero por las eras y por los campos para señalar el punto exacto donde había agua. Cuando las hojas del litonero se elevaban hacia el cielo, él paraba e indicaba dónde debían horadar. Sólo se equivocó una vez, y no porque fallara su ciencia, sino porque haciendo el agujero se encontraron con una tubería. En Aleluya hay pozos que distan de otros menos de diez metros y cuyas aguas proceden de diferentes manantiales.

Pero los pozos de los huertos y de las eras no son tan grandes como el pozo salado, ni como el pozo alto, y no digamos ya como el pozo nuevo. Me contó mi primo Antonio que una vez vinieron unos buzos para ver hasta dónde llegaban las galerías del pozo nuevo; se adentraron más de seis kilómetros y no encontraron el final.

Yo me críe con el agua de Aleluya, con ella crecí; y me hice después adolescente con el agua del río Cinca, que venía desde el pantano de El Grado por el canal. Llegadas las aguas a este punto, consideré que ya era mayor, y que, por tanto, mi abuela podía contarme lo que no quiso desvelarme de niña.

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