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Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia. Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien, después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudévar) el trayecto fue recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces consumado jinete.)

Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente.

Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos.1 Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de mi ánimo, preocupándome profundamente. Y así, cuando apareció el tren, experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable artilugio era nada tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas, palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón. Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo…

Paralizado por el terror, dije a mi abuelo:

—¡Yo no me embarco!… Prefiero marchar a pie… Sin hacerme caso, mi colosal antepasado, quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia. Un vaho de carne desaseada y maloliente ofendió mis narices. Encontreme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas, gallinas, conejos

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