Lo primero que hay que innovar es la democracia

Innovar es el mantra del momento. Todo se tiene que innovar. Y a toda velocidad. Sin embargo la democracia, que es lo esencial, no se aplica el precepto.

Quizá la democracia ya no es (o nunca fue) lo esencial; en ese caso aún tendríamos -o tenemos- más motivos para preocuparnos.

En todas partes hay una gran resistencia a la innovación. Hay empresas y administraciones con departamentos enteros atrincherados contra el cambio, dispuestos a saltar ante la mínima sugerencia. Empezando por las cúpulas directivas, que encima tienen que aparentar que innovan (doble gasto, disimular es carísimo).

La verdad es que tiene que ponerse la cosa muy mal para que una persona, pyme o estado decida que ha de innovar. Lo bueno es (fue) la costumbre, la rutina, lo previsible.

Que innoven ellos.

Pero parece que la realidad, en efecto, exige cambiar, que cambiemos. Y rápido.

La tecnología permite nuevas formas de participar y de votar.

Por empezar por lo fácil, la consulta democrática puede ser frecuente, habitual, rutinaria. Incluso el propio ciudadano puede  proponerla. De un DNIe usable y amable a la democracia electrónica (sea lo que sea, pero habrá que pensarlo entre todos), va un clic.

Todos sabemos eso, lo cerca que estaríamos y que estamos. Y esa mera posibilidad nos aturde. No solo a los gobiernos, que se refugian en lo urgente. A todos nos bloquea el poder que tendríamos en el móvil con una api adecuada. Un mundo diferente. Esa innovación no se nombra.

Y los unos por los otros dejamos la democracia de lado, sin innovar. La tecnología ya está, incluso se va a quedar obsoleta sin haberla usado. Falta el debate, el consenso, las reformas legales, constitucionales. Se puede hacer poco a poco, empezando por los detalles ínfimos: por la usabilidad del DNIe, por enunciar o sugerir la posibilidad, por mencionarla.

Falta ponerse. Los gobiernos no van a querer: su prioridad es blindar el sistema para que no entren más agentes (¡ciudadanos, horror!), evitar la competencia.

Pensar la democracia votando a menudo desde el móvil da un poco de vértigo. Pero eso es justamente lo que tenemos que hacer. Cada día que pasa sin afrontar este asunto la democracia retrocede y se debilita. Y ya no le queda mucho territorio por ceder. La soberanía está casi a cero y al estado del bienestar le quedan cuatro tuits. Hay que ponerse. Decirlo, imaginarlo, hacerlo.

Pd.:
Ánimo, con las nuevas pantallas ha caído el último intermediario de la brecha digital: el ratón. Estamos a un paso -a un toque- de la democracia táctil.

En el blog de Heraldo.

Innovar es el mantra del momento. Todo se tiene que innovar. Y a toda velocidad. Sin embargo la democracia, que es lo esencial, no se aplica el precepto.

Quizá la democracia ya no es (o nunca fue) lo esencial; en ese caso aún tendríamos -o tenemos- más motivos para preocuparnos.

En todas partes hay una gran resistencia a la innovación. Hay empresas y administraciones con departamentos enteros atrincherados contra el cambio, dispuestos a saltar ante la mínima sugerencia. Empezando por las cúpulas directivas, que encima tienen que aparentar que innovan (doble gasto, disimular es carísimo).

La verdad es que tiene que ponerse la cosa muy mal para que una persona, pyme o estado decida que ha de innovar. Lo bueno es (fue) la costumbre, la rutina, lo previsible.

Que innoven ellos.

Pero parece que la realidad, en efecto, exige cambiar, que cambiemos. Y rápido.

La tecnología permite nuevas formas de participar y de votar.

Por empezar por lo fácil, la consulta democrática puede ser frecuente, habitual, rutinaria. Incluso el propio ciudadano puede  proponerla. De un DNIe usable y amable a la democracia electrónica (sea lo que sea, pero habrá que pensarla entre todos), va un clic.

Todos sabemos eso, lo cerca que estaríamos y que estamos. Y esa mera posibilidad nos aturde. No solo a los gobiernos, que se refugian en lo urgente. A todos nos bloquea el poder que tendríamos en el móvil con una api adecuada. Un mundo diferente. Esa innovación no se nombra.

Y los unos por los otros dejamos la democracia de lado, sin innovar. La tecnología ya está, incluso se va a quedar obsoleta sin haberla usado. Falta el debate, el consenso, las reformas legales, constitucionales. Se puede hacer poco a poco, empezando por los detalles ínfimos: por la usabilidad del DNIe, por enunciar o sugerir la posibilidad, por mencionarla.

Falta ponerse. Los gobiernos no van a querer: su prioridad es blindar el sistema para que no entren más agentes (¡ciudadanos, horror!), evitar la competencia.

Pensar la democracia votando a menudo desde el móvil da un poco de vértigo. Pero eso es justamente lo que tenemos que hacer. Cada día que pasa sin afrontar este asunto la democracia retrocede y se debilita . Y ya no le queda mucho territorio por ceder. La soberanía está casi a cero y al estado del bienestar le quedan cuatro tuits. Hay que ponerse. Decirlo, imaginarlo, hacerlo.


Pd.:
Ánimo, con las nuevas pantallas ha caído el último intermediario de la brecha digital: el ratón. Estamos a un paso -a un toque- de la democracia táctil.

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