Evangelio (Lc 1,26-38): En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».
María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.
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El Papa afirma que la Iglesia sólo debe temer «los pecados de sus miembros»
Benedicto XVI abre las fiestas navideñas con la ofrenda floral a la Inmaculada en la Plaza de España de Roma
Benedicto XVI reafirmó ayer con toda seguridad que la Iglesia superará siempre todas las persecuciones, por lo que “la única amenaza que debe temer es el pecado de sus miembros”, ya que si bien “la Iglesia es santa, al mismo tiempo está marcada por nuestros pecados”. El Papa hizo estas consideraciones durante su emotiva plegaria ante la imagen de la Inmaculada Concepción de la Plaza de España, a la que presentó, como todos los años, una ofrenda floral. La simpática ceremonia, a la que asisten muchos romanos con sus niños pequeños, marca el comienzo de la temporada navideña en la Ciudad Eterna.
Como cada año, los bomberos de Roma fueron los primeros en acudir, a primera hora de la mañana, con una de sus gigantescas escaleras de incendios para colocar la tradicional corona de flores en el brazo derecho de la imagen de la Inmaculada Concepción, que preside la Plaza de España desde su altísima columna levantada en 1856 para recordar el dogma de que su alma fue creada sin pecado original, definido en 1854.
El Santo Padre, que llegó en un automóvil semidescubierto, dedicó su plegaria a comentar el enigmático pasaje del Apocalipsis que se refiere a “un signo grandioso en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y, sobre su cabeza, una corona de doce estrellas”, las mismas que se ven en la aureola de la imagen o en la bandera de la Unión Europea, cuyo diseñador se inspiró en esas palabras.
Los ataques del dragón infernal
Ante un sencillo reclinatorio instalado sobre los adoquines de la plaza justo delante de la Embajada española, el Papa comentó que la mujer “vestida de sol”, es decir, de la gloria de la divinidad, es María, a cuyos pies está la luna, “símbolo de la muerte” que Jesucristo va a vencer, y cuya corona de doce estrellas simboliza “las doce tribus de Israel y todo el Pueblo de Dios, toda la comunión de los santos”. Benedicto XVI comentó que la imagen se aplica también a la Iglesia, “la comunidad cristiana de todos los tiempos”, presentada como una mujer encinta “en el sentido de que lleva en su seno a Jesucristo”. Los ataques del dragón infernal, que intenta devorar al niño, no logran su objetivo, y así será a lo largo de toda la historia pues, “la Iglesia sufre persecuciones a lo largo del tiempo y en todas las partes del mundo, pero resulta vencedora”.
La certeza del triunfo no atenúa, por desgracia, la intensidad de los sufrimientos, pero al menos trae la esperanza de que no son inútiles pues el amor de Dios termina por superar “todas las ideologías del odio y del egoísmo”.
El Papa se refirió también a los problemas contemporáneos como la crisis económica, y subrayó la necesidad de la ayuda de María “en estos momentos tan difíciles para Italia, para Europa y para varias partes del mundo”. Por la mañana, durante el rezo del Ángelus, había rezado a la Virgen, en castellano, “por los que carecen de trabajo o pasan por momentos de angustia y de dolor”.
Benedicto XVI terminó su plegaria con una súplica familiar que recuerda la Inmaculada Concepción: “Oh María, sin pecado concebida, orad por nosotros que recurrimos a vos”. Desde los balcones de la Embajada de España y desde toda la plaza, los aplausos de los fieles rubricaron sus palabras.
