Nueva época. Se acabó la agonía, demasiado prolongada. la interinidad. La campaña, por fin, ha sido invisible.
La maravilla de poder votar cada cuatro años y cambiar los gobiernos. La rutina espléndida de la democracia, que a las pocas horas ya se saben los resultados. Todo tan mejorable, tan quincemísticamente mejorable. Votar por sms, ley electoral más ajustada a los tiempos.
La lentitud de los procesos comparada con la aceleración de lo demás (que se reduce a los mercados): ya debería estar el nuevo gobierno en los despachos.
Por lo demás, los dos partidos han dependido siempre de las grandes compañías, de energía, de telecomunicaciones. El atraso español es el atraso de las conexiones, más caras y mucho peores que en el resto del mundo. Esta dependencia, que si no es desidia es corrupción, o una mezcla de las dos cosas, sigue lastrando al país.
Ha pasado la campaña, a la que mchos ciudadanos no han podido atender por falta de casa, de comida, de lo más elemental. Por sobredosis de angustia y desesperación. A esto tienen que atender los nuevos equipos. Han de cambiar el enfoque prepotente y despótico con que han venido turnándose al margen de los votantes/clientes.
Lo primero, ver las cuentas de los bancos: los activos tóxicos. Sin ese dato todo seguirá en la penumbra. La economía sumergida es inmensa, pero la parte principal es la de las propias instituciones financieras, que camuflan sus agujeros con ayuda de los gobiernos.
Las grandes empresas estudian cada día cambiar su modelo de negocio, incluso de sector. Los productos y servicios duran tres meses. El balance es diario. Los gobiernos ahora ya no tienen cuatro años: tienen minutos. En la cubierta del Titanic hay que calcular rápido, actuar deprisa y bien. O sea, rezar.
