París, el mar

(Publicado en el Diario del Altoaragón el domingo 14-8-2011)

Una generación llena de energía se empezaba a conjurar en torno a los anhelos más antiguos que la memoria y el tiempo; estos sueños se remontaban tantos siglos atrás como el propio suelo que sostenía sus vidas y que, en algunos casos, albergaba los cuerpos de sus antepasados: atravesar en tren la cordillera que les separaba de Francia y acercarse al mar.
Era como si los evidentes progresos de la ciencia y la técnica no hubieran servido para nada en esta misión que periódicamente asaltaba a los altoaragoneses: había décadas en que las novedades o la fatiga les distraían de este doble empeño, pero enseguida empezaba a aflorar el run run de esa letanía ancestral que en tiempos les había llevado a pelear por islas remotas y a barrenar la caliza de la cordillera.

Las viejas obsesiones remugaban de nuevo. Desde las quebradas y los desfiladeros, desde las planicies verdes u ocres, desde los desiertos donde se hinchaba el territorio bajo los círculos perfectos de los buitres o desde las oficinas detenidas del centro de las ciudades, el sordo runruneo comenzaba a aletear en las conciencias y a aguijonear el sopor de los atardeceres. Lobera lo llamaba “el malestar”, pero la denominación unánime –aunque jamás pronunciada por nadie–, era “el run run”.

Lobera había sido contable de una empresa de áridos y hormigones y se había prejubilado justo antes del hundimiento que empezó a desbaratar otra vez el mundo en septiembre del año 2008. Él fue uno de los primeros en sentir la llamada de la sangre (estaba convencido de que el rebrote de aquella epidemia oscense era ya un seísmo genético, aunque desde luego podía contagiarse fácilmente a un recién llegado, como así solía ocurrir).

Este picapica que de vez en cuando asaltaba a los altoaragoneses se presentaba por sorpresa. El padre y la abuela de Lobera le habían prevenido desde niño para que no sufriera los furores que este desasosiego podía provocar en aquellos ciudadanos que no acertaban a identificarlo a tiempo. Se habían dado casos de personas que impulsadas por esa mezcla de indignación, impotencia y súbita necesidad de actuar, se habían despeñado por los abismos de la desesperación y la locura. El mismo Joaquín Costa sufrió durante toda su vida estas dolencias crónicas, pero en su caso se vieron agravadas porque su aguda percepción de los problemas le privó del bálsamo del olvido y del ungüento de la resignación, que son los remedios naturales que han permitido sobrevivir sin sofocarse a la población de estas milenarias sierras y vaguadas. Costa somatizaba el runruneo en sus propias llagas, y ni aun yéndose a Graus podía evadirse de las asechanzas y desconsuelos de aquella dolencia.

Lobera, hombre flemático y racional, identificó enseguida las causas de aquel hervor de linfas que le radía por dentro. Tal como sus mayores le habían explicado, pensaba que el gañido con que le urgían las carencias de la patria no respondía a un hecho concreto, o a un agravamiento de la situación; y sabía que el malestar no requería estímulos externos: se presentaba como una urgencia quirúrgica, una hecatombe íntima, aleatoria, sin preavisos ni síntomas. Un buen día, el altoaragonés se veía poseído por una extraña agitación y un sinvivir difuso que acechaba agazapado detrás de cada segundo (o de cada milésima, si había adoptado la imperiosa velocidad de los tiempos).

Los mayores que habían sufrido estos ataques alguna vez hacían lo posible por calmar sus agonías con remedios tradicionales, aunque nunca se engañaron: sabían que estas cataplasmas no surtirían efecto, que el run run solo se curaría con las soluciones –el AVE a París, el mar a veinte minutos en avión–, pero al menos amortiguaban la virulencia de los síntomas y prevenían sus consecuencias. El que podía se iba a la playa, al Pirineo o a la mismísima capital de Francia: eran remedios de índole mágica, pues al acudir a las zonas de conflicto, a los epicentros del conflicto, la sabiduría tradicional prescribía que la violencia de la inmersión acabaría por reventar la pústula haciendo eruptar el volcán de los resquemores, lo que traería la paz. Los que no podían permitirse estos viajes (o no creían en ellos, pues nunca habían demostrado eficacia alguna –antes bien hubo personas que al alejarse de la Hoya terminaron por agravar el malestar), se veían obligados a buscar consuelo a sus aflicciones en las badinas e infraestructuras de los alrededores.

Estas agonías se llevaban en secreto. Cada cual debía cargar con su pesar como si fuera una maldición o un hechizo personal. Lobera, consciente de estas limitaciones con que la globalización y la incuria general impedían comentar y compartir el rebrote de la milenaria dolencia, se atrincheró en casa dispuesto a afrontar y a combatir las fiebres y desgarramientos interiores. Pero no podía con su alma: se le aparecía el último descarrilamiento del fantasmagórico tren que aún subía gimiendo hasta Canfranc. El vagón desventrado, los ejes rotos entre un desperdicio de panochas de maíz, los raíles desenfilados. En Francia habían empezado a restaurar un tramo de vía. ¡Francia! Lobera se emboscó frente al ordenador, rebozado en mantas y edredones, e intentó pensar. A ratos se le aparecía el flamante aeropuerto nuevo, sin aviones ni destinos, y lloraba amargamente o tecleaba aspavientos y chemecos en sus cajetas de Twitter y Facebook.

Lo que había cambiado desde las anteriores acometidas del malestar era precisamente que ahora existían esos canales de comunicación y uno podía desahogarse y despotricar. Desde que se jubiló, Lobera los veía como una rendija por la que volcar sus dudas, a veces algún sentimiento largamente escondido y también, y especialmente, para escuchar los lamentos y alegrías de miles o millones de seres humanos que a lo largo de la superficie del planeta cloqueaban tan infatigable y compulsivamente como él. La humanidad rasa, los de infantería –pensaba Lobera–, tenía algo de voz. Así que empezó a insertar mensajes sobre el run run. Al principio solo lo hacía como terapia íntima, para airear en esos foros sin fondo (que acaso –pensaba–, nadie leería jamás) dolencias que no podía contar abiertamente ante sus vecinos o familiares, pues aunque estaba seguro de que a ellos les atacaban con la misma saña que a él, esos temas no entraban en la agenda pública global, ni siquiera regional o local: una especie de dictadura diaria invisible que designaba los asuntos sobre los que las personas podían –y debían– manifestarse, sentir y pensar. Pero en las redes había otras posibilidades, una esperanza. Aunque estaban muy influidas por esa ortodoxia, por esa agenda de hierro, siempre había un hueco, millones de huecos, por los que deslizar nuevos mensajes y otras inquietudes. Incluso aquellas que, como el run run oscense, estaban mal vistas o fuera de lugar en las categorías que oficial e inapelablemente regían la conversación y el pensamiento desde las remotas oficinas o suites que decidían esa agenda, prefijaban el largo de las faldas para la temporada siguiente y apostaban a favor o en contra de los precios del grano.

Lobera se dio cuenta de que muchas personas compartían estas aflicciones en el silencio de sus alcobas conectadas. Sus mensajes iban desvelando una especie de unanimidad: siempre se había dado por cierto que el run run atacaba a todos a la vez, pero hasta ahora nunca se había podido probar ni cuantificar. Ahora, esta incesante y creciente actividad de las almas que compartían el malestar atávico, la impotencia y las resignaciones de siglos, se podía medir y sumar. Había herramientas para publicar soflamas y las había para entablar hondos debates y para reanudar o prolongar lejanas conversaciones que, hasta la fecha, siempre se habían visto interrumpidas y alteradas por otros intereses, por el ciclo autosatisfecho de las genealogías en que parecían sucederse las autoridades y, especialmente, por la propia ambición de los empeños a los que el AltoAragón aspiraba: París y el mar.

Lobera, al igual que otros miles de personas infectadas por el run run, se daba cuenta de que las redes proporcionaban armas nunca vistas: inmediatez, coordinación, posibilidad de compartir (y de ¡competir!). Y, acaso, oportunidad de hacer: ¿sería posible –se preguntaba– que aquellas simpladas alcanzaran alguna vez a desembocar en los hechos?. Las redes daban a las personas una rendija de luz, una ventanita por la que atisbar el siempre recóndito e inalcanzable poder: esa condición, mezcla de azar, empeño y anhelos inaplazables, que hacía que ocurrieran –o que en el pasado hubieran ocurrido– cosas increibles: que los bisabuelos taladraran un túnel robándole las piedras a la cordillera en capazos, ¿de qué estaba hecha aquella gente? Que pasara un tren a Francia. Lobera fue a ver el aeropuerto dormido y sus ojos húmedos siguieron las rayas recién pintadas, elevándose rumbo a los rizos de la playa. Luego vio la estación de tren y sintió la crueldad de esos topes de fin de línea. El sentido común y la agenda pública le decían que era mal momento para empecinarse, igual que siempre, por otra parte. Pero empezó a repasar su libreta de contactos, ¿quién sabe? Como ya había ocurrido en el pasado, tal vez una generación llena de energía empezara a conjurarse en torno a esos anhelos más antiguos que la memoria

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