Hay que ver al gobierno como una subdelegación de poderes diversos. Podemos imaginar un esquema un poco caótico, ni siquiera fractal, pues lo fractal tiene normas, escala, rigor. Un esquema borroso. Quizá habría que contratar a Google, que ya no sabe qué hacer, para que ensayara un algoritmo capaz de representar esta situación.
El gobierno es una sucursal de poderes difusos que se turnan para practicarle sangrías y alargarle un poco las agonías. Algunos de esos poderes son globúleos e inextricables, como el Banco Mundial, el FMI o los mismos Estados Unidos, que a su vez se ven aquejados, a otra escala, por la misma mudanza. No se pueden seguir los hilos del poder. Y eso nos da un poco de vértigo. No hay conjuras ni conspiraciones porque eso requiere tiempo. Es todo mucho más improvisado, más atropellado. Estos vendavales macrogeológicos (suprasistémicos, colosales en su global ineptitud) anonadan al ciudadano con sus súbitos dictados absurdos, prohibiciones repentinas, antojos y extracciones. Y lo que tardan en pagar.
Por eso el ciudadano, aunque vote y pueda gañir y comentar, se siente súbdito de un satrapismo nuevo que le desborda y cada día le sorprende con una nueva afrenta, simbólica, material o híbrida. El malestar es ya metafísico. De ahí esa urgencia de -y hacia- los sublevados para concretar, especificar e identificar. La mezcla es inextricable. Quiza Google, o el Desafío Abredatos… El indicio más clarode la gravedad es que hasta el fútbol se ha parado.
Entre los poderes que astillan y desmigajan a los antiguos estados están también sus propios miembros, que les azuzan desde dentro y les arrancan las últimas esquirlas de la osamenta hidalga, puro adn osteoporósico. El caso es ir tirando, sobrevivir unos días más. El descrédito de la clase política no le viene tanto de su posición (repentinamente) privilegiada, cuanto de que el gentío se ha dado cuenta de que esos privilegios no se corresponden con poder alguno. El desprestigio viene del no mandar, del sucursalismo difuso. El poder, reducido a ir empeñando las joyas de la abuela, que encima son bisutería. Se conservan las formas grandilocuentes y solemnes de los gobiernos, pero las instrucciones llegan -llueven- cada día por sms de otros lugares.
Hay que ir votando ya vía web, por sms: un gobierno mundial de barrio, proporcional al barullo. Alguien a quién, por lo menos, podamos echarle la culpa sin matices. La culpa de todo.
