Esta violencia barcelonista se corresponde con la violencia interior que se adivina en el forcejeo de las falsas primarias. El gran mensaje de las incesantes acampadas es la ausencia de esa violencia que parece algo exclusivo de las instituciones, empezando por las económicas y siguiendo por los estados. Este miniciclo empezó con el ajusticiamiento nocturno de Osama por Obama (una letra bailada, azares de los alfabetos), del que ya nadie se acuerda. De los que ya nadie se acuerda, porque Obama ha sido descontado ya por los mercados, aparece como otro moñaco teledirigido.
El Barça no tiene casi sitio para asomar entre tanta convulsión. Y la plaza la habían adecentado para celebrar/invocar su triunfo, que es el de toda la comunidad, nación, etc. La retirada de la ministra es un minigolpe de estado (de partido aún en el Estado) interior. Todo parece diseñado por EE.UU. y las potencias que rigen el país desde que Merkel vino a tirar de las orejas y a implantar unas reformas de maquillaje que no han conseguido el milagro de que alguien vea un euro.
Salubridad en la plaça insalubridad en las cloacas. Mejor que no haya Wikileaks de estos días sombríos en los que la victoria de la derecha ni siquiera proporciona alegría ni esperanza en general, solo un poco de venganza y castigo, cuyos efectos, en todo caso, tampoco sirven para agilizar los pagos ni para abrir los créditos ni disipar el miedo íntimo universal. Las acampadas son necesarias o esenciales siempre que se atengan a lo esencial y no se dispersen en macramé. Y que no importunen al Barça.
