Doña Conchita subía todas las mañanas por la calle Mayor con su monedero en la mano. Caminaba despacio y con elegancia, como si lo hiciera sobre una pasarela de moda. Nosotras la esperábamos jugando delante de la puerta de la escuela y, tan pronto como la veíamos llegar, las más pequeñas corríamos a abrazarla. Ella nos besaba y nos llamaba “pimpollos”.
Tenía solo tres años cuando doña Conchita me llevó por primera vez a su escuela, donde había niñas desde cinco hasta catorce años, por lo menos. No tenía todavía la edad necesaria para ser alumna, pero como mi madre tenía mucho trabajo en casa con mis abuelos y mis hermanos pequeños, la maestra se ofreció a ayudarla llevándome con ella a la escuela todas las mañanas.
Los primeros días ella me recogía en mi casa, que estaba junto a la escuela, pero pronto aprendí a ir sola. Era una niña tímida y resuelta, todo en uno, y también muy habladora, de manera que enseguida me convertí en un juguete para las niñas mayores y en una pesadilla para doña Conchita, quien más de una vez debió de arrepentirse del ofrecimiento que le hizo a mi madre. Recuerdo cuando me escondieron en un armario que había detrás del sillón de la maestra. En el momento en el que ella se sentó, yo salté sobre ella, tal como me habían indicado las mayores, y me colgué en su cuello. Se enfadó muchísimo. Alguna vez me amenazó con “hacerme en salchichas” y hasta con tirarme por la ventana; pero yo sabía que, en el fondo, la maestra me quería y nunca sería capaz de tales cosas, así que seguía con mis travesuras.
El momento más emocionante que viví en la escuela fue cuando mi amiga Marisa vino por primera vez. Yo estaba a punto de cumplir cinco años y ella los tenía ya desde el 30 de junio. Ha pasado mucho tiempo, pero en mi corazón sigue intacto ese instante en que Marisa entró por la puerta; yo estaba de pie delante de la mesa de la maestra. Nos miramos emocionadas desde la lejanía de los siete metros que nos separaban y que a nuestros pocos años parecían un abismo y, en silencio, fuimos corriendo una hacia otra hasta que nos abrazamos y así permanecimos un rato en silencio. Creo que en medio de tantos juegos y de tantos mimos de las niñas mayores, en medio de los regaños y del cariño de doña Conchita, yo estaba sola en la escuela hasta llegó Marisa.
N O V E L A "Nadie y nada"
C U E N T O S "Familias raras"
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