Soñar cada día

Si te adaptas el sistema bombea o insufla más incertidumbre para evitar que te amodorres. Este ciclo de espasmos y sustos mantiene animado el parqué. A veces, el shock es tan persistente que fuerza a ahorrar, lo que trolea el flujo de caja, pues vivimos de lo que vendemos. Sean noticias o almendras o plátanos o coches o pisos o servicios o ropa o joyas o comida y bebida o goles o muebles o viajes o simples sueños, que por ser simples y casi baratos engloban y dan forma a todo lo demás. Sin sueños no se puede vivir, son la energía primaria del ser humano, y quizá de alguna especie más. Tal vez sueña esta piedra. Sobre todo si es un diamante. Los sueños, como los gasoductos y todo lo demás, están conectados en una red submarina que a veces falla y sin soñar no se puede respirar. Sueños para conectar también con las cosas, materia hueca que coloreamos con nuestros animosos cerebros que gastan más que un coche y a veces, como ahora el mío, rinden menos que una motoreta. Tanto se pierde en la burocracia –íntima, pública, mundial–, y en las desavenencias –íntimas, públicas, mundiales– que la fricción se come la mayor parte de la energía: ordenar este cajón, esta pantalla, esta vida… se comió el día… que era infinito hace un rato, cuando iba a despuntar. Pero eso fue ayer. Que usted sueñe bien.

(Col Heraldo, 28 sept 22)

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