No somos nada a tope

Ya nos hacemos a la idea de que no elegimos casi nada, o nada, tal como explica la ciencia desde tiempos a esta parte vamos camino de ídem, vamos a ver como el Ebro se ancha para el selfi. Pues eso, que dicen los expertos que no hay elección consciente entre A y B, sino que en el mejor de los casos es un automatismo de la evolución, quizá un remoto error de copiapegado: un algoritmo decide una milésima antes. Cada cosa que se descubre nos deja más esmirriados, con menos atributos: de casi divinos a casi autómatas. Que si el sol no gira alrededor de la tierra, que si Darwin, que si no somos los reyes de la creación, que si estamos solos y todo es azar o un desliz, que si no sabemos gestionar el planeta… Claro que cada avance, además de traer humildad de especie (y soberbia de grupo… del grupo que lo maneja), aporta alguna mejora: la penicilina, el microscopio, los rayos X, los cuentos de Aloma Rodríguez… Estos cuentos se titulan “Siempre quiero ser lo que no soy” y eso resume el hervor del cosmos y del mundo terrícola: si cada cual se quedara quietico en casa como decía Gracián, o quien lo dijera, hasta el virus se aburriría de sí y se autodestruiría clavándose su espícula: ¡ñak! Estos genomas nuestros se han copiado trillones de veces ¡y casi siempre bien! Ah sí, el de quedarse en casa era Pascal, pero todos copiaban a Gracián. Ojo: el genial José Luis Cano ha publicado en Media Vaca “El niño barroco”. Y Sergio Muro presenta hoy en Fnac su “Rompiendo moldes”, en TELL, la editorial de Juanjo Ariño.

(Columna en Heraldo, 15-12-21)

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