Javier Barreiro publica un inédito de Sender en la revista Turia

El nuevo número de la revista cultural TURIA, que se distribuirá a partir del 16 de marzo, brinda a los lectores que se interesan por los asuntos o protagonistas aragoneses un atractivo repertorio de temas. En primer lugar, TURIA publica un artículo sobre el hallazgo del que puede considerarse el primer trabajo literario de repercusión nacional que realizó un jovencísimo Ramón J. Sender: los guiones de una ficción cómica infantil titulada “Cocoliche y Tragavientos”. Un rescate documental que ha sido obra del investigador Javier Barreiro y que ahora es analizado con detalle en las páginas de la revista. Comprobaremos, una vez más, la razón que tenía Sender cuando aseguraba a su madre: “No te preocupes por mí. Con un kilo de cuartillas y un litro de tinta, sabré defenderme en cualquier parte”. Otros dos grandes nombres propios de la cultura aragonesa del siglo XX, Pablo Serrano y Miguel Labordeta, ocupan también las páginas de TURIA. En este caso, y a través de un artículo de Jesús Rubio Jiménez, se indaga acerca de las relaciones amistosas entre ambos y se da noticia de la correspondencia que mantuvieron desde los años 50 del pasado siglo, cuando el escultor regresó de Uruguay a España y que duró hasta la inesperada muerte del poeta en 1969. Como prueba de aquella excelente sintonía mutua nos quedaría el busto de Labordeta que elaboró Serrano y que constituye una de sus obras más difundidas y apreciadas. También TURIA ofrece a los lectores un interesante artículo del historiador Sergio Murillo acerca de la construcción y el simbolismo que posee el monolito de los Pozos de Caudé en Teruel. En opinión de este investigador de la Universidad de Zaragoza, dicho monolito constituye uno de los ejemplos más representativos de la lucha por la memoria y testimonia el esfuerzo ciudadano por no olvidar a las víctimas de la guerra civil. ALGO MÁS QUE UNA NOVELA ILUSTRADA DE CARÁCTER CÓMICO Javier Barreiro cuenta en TURIA cómo se produjo su hallazgo de este material desconocido de un joven Ramón J. Sender: “En una vieja librería barcelonesa di con seis cuadernos de 16 páginas de 21 x 14 centímetros, en cuya portada en color y sobre una franja naranja, figuraba el título, ‘Infancia y Juventud de Cocoliche y Tragavientos’(…) Inmediatamente me apresuré a adquirirlos, pues tanto el nombre de la publicación como la firma de Sendercito enlazaban con algunas oscuras y aisladas referencias que podían vincular a Ramón J. Sender con estas aventuras”. Al fin disponemos ya de un material que había sido mencionado por el propio Buñuel, no sin cierta crítica dada su animadversión hacia Sender, en sus conversaciones con Max Aub: “Yo creo que Sender nunca ha contado que hacia 1918 él escribió para un editor de Barcelona una revista semanal de tiras cómicas, que se llamaba Cocoliche y Tragavientos. Los nombres se hicieron muy famosos en España El editor no le pagó nada por los primeros números pero al cuarto le mandó cien pesetas. Entonces Sender se fue al Hotel Inglés […] después de haberse comprado una pipa, tabaco y un pijama. Se metió en una habitación de las mejores y no salió de ella hasta en los dos días en que tardó en gastarse aquel capital […] Los dos días que estuvo en el Hotel Inglés también llovía y se pasó el tiempo detrás de la ventana, mirando llover…” Más allá de esta mención malévola lo cierto es que el texto senderiano de estos seis cuadernos alcanza un total de 72 páginas, con lo que es el más extenso de los publicados por entonces por el escritor de Chalamera. En él se relatan las aventuras de Cocoliche y Tragavientos, una sucesión de episodios disparatados y salpicados de chistes verbales no demasiado originales. Según Barreiro, hay que desechar en esos textos cualquier ambición artística por parte de un joven Ramón J. Sender, que había alcanzado muy pronto una madurez ya acreditada por otros trabajos literarios y periodísticos. No obstante, a pesar de esa condición de trabajo meramente alimenticio, en esta novelita ilustrada de carácter cómico hay que subrayar la riqueza de vocabulario y alguna alusión a la actualidad de la época. “Señalable es, asimismo, -anota Barreiro- la presencia de algún aragonesismo, como ‘tozuelo’ por ‘cabeza’ o topónimos como Maladeta y Remolinos. LA AMISTAD ENTRE PABLO SERRANO Y MIGUEL LABORDETA Con su artículo titulado “Pablo Serrano y Miguel Labordeta: afinidades electivas”, Jesús Rubio Jiménez nos permite conocer hasta qué punto fueron amistosas las relaciones entre ambos. De la lectura de la correspondencia entre ambos, que se desarrolló entre 1957 y 1969, se deduce claramente la buena sintonía que siempre mantuvieron. Una complicidad que se demostraría en numerosos episodios de colaboración en proyectos compartidos y en no pocos gestos de apoyo mutuo. Así, además del célebre busto de Labordeta que realizara Serrano, hay que anotar las gestiones realizadas por el poeta para que el escultor realizara el monumento a Goya en Zaragoza promovido por el Banco Zaragoza con ocasión de su cincuenta aniversario. Una iniciativa que se frustró para disgusto del poeta, como testimonia en una carta fechada en noviembre de 1959: “Amigo Serrano: con lo del monumento a Goya se te ha hecho una verdadera «marranada» propia de los cretinos que han organizado todo esto. Voy a publicar un boletín literario, y Torralba va a hablar de ti, como te mereces, como el primer escultor de España y de muchos sitios más: en otros artículos hablaré también de los del Paso, etc.” Según Jesús Rubio, “la amistad entre Miguel Labordeta y Pablo Serrano continuó hasta la repentina muerte del primero, que le conmovió profundamente. Entretanto había establecido también una profunda amistad con su hermano José Antonio, que merece ser también recordada y contada. Serrano se sumó a los actos de despedida del amigo muerto con un poema necrológico que constituye una reivindicación inequívoca de su poesía proyectándola hacia el futuro”. Ese poema de Serrano a Labordeta se titula “Ya despiertan, Miguel” y dice así: “Tú, Miguel. / Bocabajo. Desde arriba. / Desde tu Oficina de Horizonte. / Desde Sumido. / ¡Ahora! Empuja, desde el bronce que te vi yo desde mucho antes de esto. / Desde ti cajón de sándalo, empuja ahora. / Empiezan a oírte los sordos, los de siempre, / los hijos de…. / ¡Ahora! ¡Ahora! Empuja, empuja desde el otro muro. / Ya se inquietan, ya empiezan a oír tu voz antigua. / Aquella que se anudó en tu garganta y se volvió bronca. / Dales en la cabeza de sesos vacíos con tu cajón / de pino de tercera. / Desde tu oficina de carne quieta. / ¡Vives! ¡Vives! Ahora estás vivo. Más que antes, / porque tú empujas fuerte. / Ahora te oyen. Vienes de morirte. / Tú, muerto, retiemblas en las manos de ellos. / Ahora despiertan, oyen. / Ya escriben en las pizarras ¡TÚ, MIGUEL! “. HONRAR A LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA CIVIL “La lucha por la memoria: el monolito de los Pozos de Caudé 1978-1980” es el título del artículo de Sergio Murillo que publica TURIA. En él, este joven historiador de la Universidad de Zaragoza resalta cómo “los acontecimientos traumáticos, como la guerra, tienen el poder de cambiarnos para siempre y con nosotros, cambiar también nuestra forma de mirar al pasado”. De ahí la importancia de lo ocurrido con la construcción en las afueras de la ciudad de Teruel del monolito de los Pozos de Caudé. Un episodio de la Transición política española que es merecedor de estudio por cuanto ilustra acerca de los procesos sociales que lo alumbraron y su alcance, cuestiones de las que se ocupa este trabajo. Los Pozos de Caude, un pozo artesiano de unos 80 m. de profundidad y situado en el km. 126 de la carretera nacional 232, es el lugar donde más reposan las más de mil personas que fueron asesinadas y arrojadas entre capas de cal viva durante la última guerra civil española. Sin duda, es uno de los emplazamientos donde se testimonia la tragedia y la violencia que supuso el conflicto bélico y la represión ejercida por los vencedores de la contienda. Entre esos asesinados por la depuración política están la esposa e hija de Ángél Sánchez Batea, alcalde socialista de Teruel en 1933 y uno de los líderes de la sociedad turolense de aquellos años. Y serían los dos únicos hijos que sobrevivieron, porque Sánchez Batea fue ffusilado en 1943 en el cementerio de Torrero de Zaragoza, dos de las personas que posteriormente participaron en la construcción del monolito de los Pozos de Caudé. Tanto Volney como Jaurés Sánchez, como otros familiares de asesinados, vivieron en Teruel situaciones opresivas que mejoraron pasados los años de la posguerra. Sin embargo, hasta la muerte de Franco fue imposible que se dieran las circunstancias adecuadas para emprender una lucha pública por la recuperación de la dignidad de los masacrados por la guerra y sus familiares. No obstante, y durante la dictadura, muchos de ellos resignificaron ese espacio de muerte y oprobio que fueron los Pozos de Caudé en un lugar de duelo: “discretamente se acercaban hasta este lugar y depositaban flores o compartían sus recuerdos personales en fechas políticamente significativas”. Más tarde, durante la Transición, “todos estos elementos y recuerdos encontraron un catalizador en los diferentes espacios políticos, sindicales y vecinales que se fueron abriendo paulatinamente a la sociedad y que desembocarían en la construcción de un monolito inaugurado el 1 de mayo de 1980. Con posterioridad, en 2007, la construcción del centro logístico industrial denominado Platea motivó la intervención del Gobierno de Aragón, que acondicionó el entorno de los Pozos de Caudé. Además, desde febrero de 2004, la Asociación Pozos de Caudé se ocupa de desarrollar una encomiable labor de recuperación de la memoria histórica. No en vano, y como concluye el historiador Sergio Murillo, “la lucha por la dignificación de las víctimas del franquismo y su cristalización en un monolito, además de ser un hecho de justicia de dimensiones simplemente humanas, también supone un acto político de primer orden, ya que establece, como un ‘talismán de continuidad’, ‘lazos de comunidad por encima del tiempo’ que nos conecta con los anhelos y esperanzas de los que fueron asesinados”.

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