El vagabundo de la Torre Nueva

María Pilar Clau Laborda

(Cuento publicado en Heraldo de Aragón el 20-8-11)

Por ella me convertí en vagabundo y por ella estoy cumpliendo condena. Me enamoré de la mujer de mi amigo cuando me la presentó. Antes la vi en el paseo Independencia y aquella figura me embriagó hasta tal punto que llegué a creerla una alucinación. Su eminente belleza la hacía irreal; parecía una actriz de los años 50: tenía porte de estrella, tan elegante, andaba de manera distinguida y sensual, la cabeza elevada, los labios de carmín oscuro y el mundo asomando entre sus largas pestañas. Me giré para cerciorarme de su existencia y ya no estaba. Volví sobre mis pasos; la busqué en una librería, en una tienda de ropa, en un café. Ni rastro.

Cuando me la presentó a la entrada del auditorio –íbamos a la ópera–, el universo tiritó y nada volvió a ser lo que era. Me ofreció la mano, y su sonrisa emprendió el camino hacia mi desconcierto, hacia mi locura.

Desde entonces no hago otra cosa que amarla. Y aunque por ella quebranté las leyes de Dios y de los hombres, y me volví maldito, por ella también ha merecido la pena mi vida.

No me conformé con su amistad, con verla algunos días, contagiarme de su risa, escuchar su voz armoniosa, entrar en su retina, contemplar el rojo de sus labios perfectos y atormentarme al pensarlos en los labios de mi amigo.

Fingí ser un vagabundo y me instalé junto al torreón Fortea, cerca de donde ella trabajaba. Me las ingenié ese curso para dar mis clases en la Universidad en horario de tarde. Sin afeitar, la cara tiznada, vestido con harapos y ocultándome bajo un sombrero roto, la veía cuando llegaba por las mañanas, cuando salía a tomar café, cuando terminaba su jornada.

No reparé en él los primeros días, absorta en ella toda mi atención, pero cuando la cogió por la cintura y le dijo algo al oído que la hizo reír, un vendaval de suplicio se cebó en mi alma y me dejó el cuerpo tundido. Me levanté y, cojeando, profiriendo gritos e insultos desde lejos, los seguí. Entraron en un café de la calle Alfonso. Al otro lado del cristal se quitaba los guantes y miraba sus manos blancas y su alianza. Se la arrancó y la guardó en el bosillo. El llegó a la mesa con dos tazas y, ya sentados, le cogió la mano y la besó donde había estado el aro. Me arrodillé en la calle y lloré como un niño.  Levanté la mirada y al ver que se reían, emergió de mí un monstruo. Compré una navaja en una tienda de regalos, entré en el café y se la clavé en el pecho una y otra vez.



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