Dos columnas de esta semana

Barullo

Toda esta agitación podría ser el último coletazo de Occidente que, capitaneado por Estados Unidos, quiere llamar la atención y reinventarse si puede. Argentina. Francia. Unión Europea (cómo estará la cosa cuando Merkel se agarra a Rajoy). Occidente incluye a Oriente: el califato ese, los países árabes, las diversas guerras santas, etc. Son dos caras de un mismo dólar. Incluye también a Rusia, con Ucrania y todo el postmundo soviético. Y a América Latina. Occidente, hasta ayer, era todo, ocupaba el imaginario global con sus Emmys y sus Grammys. La F1, el fútbol y la NBA. Pero se ha estropeado. Los gráficos no engañan: Occidente se ha roto. USA se recupera, crea empleo, pero la dueña de los tipos de interés, Janet Ellen, no se fía de esos trabajos precarios, de quita y pon. Y Europa no arranca. No enchega. Occidente es todo menos China, ay, que ya es la primera en discreción. Gracián era chino avant la lettre, confunciano aragonés. Aragón podría quitar ya las cabecetas decapitadas de su escudo y poner en su lugar la bandera china. Eso atraería mucho turismo. Y daría que hablar. Ese retoque simbólico lo permite el Estatuto y no desacata al Estado, aunque lo desborda por elevación e ironía, como debe ser. En esta jaula de grillos global hay que emitir algo para existir. El paquirrín de Borja. Esta agitación universal podría ser la forma que tiene el capitalismo averiado de Occidente para llamar la atención, para disrupcionarse a sí mismo y ver qué sale. Las otras veces salieron dos guerras mundiales. Pero ahora, con China comprando continentes a precio de saldo… ¡el todo a cien somos nosotros! Que nos compren cuanto antes.

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Por fin

Sesudos economistas norteamericanos proponen que los bancos centrales repartan el dinero a la población. Lo ha publicado la prestigiosa Foreign Affairs. Arguyen que dar el dinero a los bancos al cero por ciento de interés no ha servido para reactivar la economía. Antes bien –dicen– ha servido para relanzar la especulación y la usura. Los autores de esta simpática idea sostienen que inyectando dinero por la base de la pirámide se lanzaría el consumo y la máquina volvería a funcionar. Entretanto España sigue en fiestas de agosto. El sector locomotora ya no es la construcción sino la fiesta, la parranda permanente y el jolgorio universal. Nunca debimos abandonar estos focos de riqueza y alegría. El guiñote y la cumbia retumban por los 732 pueblos de Aragón que en agosto han recuperado a sus millones de habitantes emigrados. Por esos mundos compiten en atrocidades que enseguida nos afectan y nos tocan el agujereado bolsillo. Lo global es el melocotón. La supervivencia de estos años se ha refugiado en el huerto. El huerto y las fiestas. Los turistas inundan el solar patrio y gastan un poco más que el año pasado: habría que ofrecerles la posibilidad de votar en donde se dejen las perras. A partir de mil euros, el turista opíparo podría votar hasta en las consultas ilegales, que tienen más morbo. En el turismo de experiencias, que es la moda, el viajero regresa a su casa y puede contar cómo y a quién votó en las elecciones. El experimento que mola es el que han hecho en el MIT: enfocando con rayo láser ciertas neuronas han conseguido que los ratones cambien sus recuerdos. Estamos a un paso del viejo anhelo de convertir experiencias dolorosas en vivencias placenteras. Esto ya lo hace el cerebro por sí solo para no socarrarse demasiado, pero a partir de este experimento bastará con enchufarse una linternica de esas de las ferias… ¡y todos felices! Lo único que quedará por apañar o arreglar será el futuro. Pero de eso ya se encargan los economistas de Foreign Affairs. Solo hace falta que les hagan caso y mañana los bancos centrales abran el grifo al gentío e impriman billetes al cero por ciento. También puede ser el lunes.

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Columnas del miércoles y el jueves en Heraldo de Aragón

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