Al otro lado de las sábanas

Según me dijo, no distinguía la muerte de la vida. Podía pasar de una a otra sin esfuerzo. No le daba mayor importancia. Para él, ese tránsito era normal.

–Cuando era pequeño y subía con mi madre a tender la colada me gustaba perderme entre las sábanas. Pasaba de un lado a otro por las rendijas y era como cambiar de mundo. Pues esto es más o menos lo mismo.

– ¿Y cuándo fue la primera vez?

–Ni idea. Tal vez entonces ya lo hacía. No creo que hubiera una primera vez. Es posible que se acentuara después de la muerte de mis padres.

Le pregunté si había pensado en vender ese… don, o ese poder.

–No es ningún poder. Cualquiera puede hacerlo.

–¿Me enseñarías?

–Pero si no hay nada que enseñar. Creo que eso es lo normal, lo que traemos aprendido al nacer. Claro que es posible que luego lo olvidemos.

Había algo en su forma de hablar que me obligaba a creerle. Oyéndole me parecía algo natural; incluso me extrañaba no haberme dado cuenta antes. Él parecía un poco molesto por mi insistencia, como si le estuviera preguntando por algo trivial. Al fin me atreví a preguntarle:

–¿Y qué hay ahí… al otro lado de las sábanas?

–Qué pregunta más tonta.

A esas alturas ya me daba igual que se enfadara conmigo:

–Qué. Qué hay.

–Pues qué va a haber… los muertos.

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