Adán, carreras de containers

Adán estaba muy feliz con las Efébicas, pero tuvo que irse. El señor Aristóbulo, el administrador de la casa de las Leveidas, que fabricaban su belleza desde dentro, pretendía que Adán, que se había refugiado en esa especie de convento azuzado por los drones, se hiciera cargo de la contabilidad, de la dirección general y del área de impagados. Adán le dijo que sí a todo y acto seguido, farfullando unas frases enigmáticas, salió a las calles peligrosas y se perdió entre la muchedumbre que a esas horas ya empezaba a hacer hogueras y a arrojar muebles art decó por las ventanas de los palacetes de ese barrio residencial en el que ya no residía nadie. Una anciana duquesa se había atrincherado en su mansión y disparaba ráfagas ocasionales desde los buhardillones, pero la chusma iba ciega con sus afanes siempre renovados y apenas se fijaba en que de vez en cuando caía un grupo al que se desvalijaba sobre la marcha y prou.

Adán, que se había sofocado al escuchar la sarta de elogios y de encargos que pretendía endosarle el señor Aristobulón o Aristobulbo (como lo iba rebautizando para mejor olvidarlo), disfrutaba de la libertad semisalvaje de ir por las calles sin pensar en nada. “Quien no sabe lo que quiere no puede ser feliz” vociferaba un coloso encaramado en un Studebaker reluciente mientras arrojaba botellas incendiarias a su enfervorizado público. De pronto se abrió la muchedumbre como el mar Rojo y al fondo, en lo alto de la cuesta de los Héroes Incólumes Martirizados en Vano, se perfilaron los que comandaban la carrera de containers en llamas.

Adán no se concentraba, nunca se había concentrado, para él la vida era una sucesión de pantallas fugaces. Los containers bajaban a toda velocidad echando humo y fuego pero su mente dispersa, atenta a todo y a nada, al rayo que le asistió en el parto, a las mil sugestiones del momento, le traía las imágenes de las diosas etéreas cuya casa acababa de abandonar. Las llevaba dentro, agarradas a sus neuronas y a sus nervios. Hubiera querido saber algo más, tal vez palpar sus levísimos cuerpos que empezaban a desafiar a la materia. Con estos señuelos Adán se iba desfibrilando en las horas confusas de los motines mientras el anárquico ajetreo de las avenidas formaba capas animadas sobre sus vidas anteriores.

Furgones de tropas especiales recorrían las calles como desfiles de carrozas y los policías recién reclutados con contratos por horas esperaban nuevos decretos y órdenes que les permitieran intervenir, pero los gobiernos diversos se enzarzaban en disputas sobre sus competencias mientras el gentío ocioso gestionaba los barrios en una fiesta de asambleas y algaradas.

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