Adán no quiere un ascenso

Su docilidad y su eficacia, su entrega incondicional a las más rutinarias tareas y la sencilla felicidad con que Adán/Ailán se desvivía en servir a las elegíacas no pasaban inadvertidas a los gestores del sublime retiro.

La intuición del rapaz le avisaba del peligro de un ascenso, pero no sabía cómo esquivar ese destino. Además de gozar de tranquilidad y de una vida contemplativa y serena, Adán iba captando leves indicios de ese culto vedado que profesaban las hermosísimas criaturas inalcanzables. Él sospechaba que más allá de la mística de la belleza interior/exterior se abrían veredas misteriosas y ambiciones sin límite.

Sus sueños vagabundos, las pesadillas de rayos flamígeros que acosaban sus noches de la vida civil y las extrañas conexiones que le procuraron los años que había naufragado en el coma habían cesado desde que se refugió en este retiro.

(En el último año de postración inconsciente Adán descubrió que podía comunicarse con otros seres que permanecían en coma: ajenos a la violencia del mundo mantenían animadas conversaciones, disputas filosóficas y polémicas acerca del limbo en el que transcurrían sus vidas en apariencia estancadas. Adán supo que algunos de sus contertulios, una vez que volvieron a la normalidad, decidieron explotar tanto las aptitudes como los contactos: él mismo recibía a menudo invitaciones mentales para regresar a la fratría que había frecuentado durante su apagón. Lo cierto es que las conversaciones y los debates proseguían como una actividad paralela, pero Adán nunca respondió a aquellas convocatorias pues le parecía que venían, como la luz de las estrellas, de un remoto pasado. La mayoría de los que departían con él durante el coma decidieron volver a la vida, pero algunos prefirieron dejarse ir. Eso era lo que más fastidiaba a Adán y lo que le disuadía de participar en los foros síquicos de excomatosos: la promiscuidad entre estados de conciencia que a él, al menos hasta entonces, le parecían incompatibles. Para los contertulios que habían compartido sus más intrincados secretos durante sus respectivos comas no había diferencias entre la vida y la muerte).

El mismísimo Aristóbulo, que ejercía de administrador de la finca de las etérides, convocó a Adán/Ailán a la temida reunión. Le dijo que conocían su pasado, incluyendo el episodio de la deflagración del local de reventa de tiempo de procesamiento cerebral. Le dijo que en el convento (sic), como en todas las organizaciones emergentes, había un agente infiltrado de oficio y que mientras estuviera al servicio de las beldades síquicas podía estar tranquilo.

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