Adán

Era muy bajo y escueto pero muy ancho. Su caja daba como una pantalla plana de cincuenta pulgadas. Era como invertebrado, su esqueleto se maleaba y se hacía a todos los resquicios. Nacido bajo la tormenta que derribó la torre de la iglesia (era románica por eso) de su aldea, siempre se creyó señalado. Malvivió pastoreando reses ajenas hasta que una colombiana que ni se dignaba mirarle lo arrastró a la ciudad. Los valles abiertos le daban sueño. Podía dormir en cualquier parte, a todas horas. Decía que no servía para aprender oficios complicados. Yo sólo sé hacer lo fácil. Su ductilidad le hizo una estrella de la capoeira, pero su heterodoxia le impedía gregarizarse y odiaba las normas. Fue arrastrando su somnolencia por los peores garitos de un país de playas interminables y recaló en una ciudad con alma de yeso y monumentos de alabastro. A temporadas era un vagabundo sin techo, frecuentaba los refugios y casas de caridad y charlaba con todos los locos, mendigos y alcoholizados. Alguna vez arengó en voz baja a la caterva de fieles que lo tenían como un augur. Con más estatura hubiera sido profeta. Rehuía las tareas difíciles y afirmaba que pensar es de necios, pues el pensamiento fluye libre, al albur de los días. A veces trepaba por la fachada de un edificio que le llamaba la atención, pequeños rascacielos de los años cuarenta, iglesias sin culto ni función. Un día entró en un piso por la ventana y un anciano le ofreció una cerveza. Se quedó a vivir con él. Charlaban a ratos, daban largos paseos y admiraban los atardeceres japoneses y las lejanas cumbres invisibles. Visitaban los ríos secundarios y pescaban extraños artilugios que no solo venían de muy lejos, sino de mucho antes.

Estuvo diez años en coma y despertó como si hubiera echado una cabezada. Antes de eso, y antes de vivir con el viejo, Adán había trabajado en una fábrica clandestina de billetes falsos. Nunca quiso aprender nada que no le gustara mucho. Lo que espunchiga solo bien se vale, decía con su extraña jerigonza. Nunca quiso hablar castellano, rosigaba las palabras del idioma aragonés mezclado con susurros de pastores y extraños ensalmos. Lo que decía era indescifrable, pero se le entendían los gestos, la mirada y el juego de manos. Lo del coma tal vez fue por una pelea tabernaria, era una afición suya que le dejaba lleno de costurones y raspaduras. Al despertar se enteró de que el anciano le había dejado una modesta herencia y su pequeño apartamento en un vetusto edificio en el que nadie restañaba las goteras. El hijo del anciano, que se había hecho millonario en los años opíparos y ahora pasaba las mañanas negando imputaciones en los juzgados, le contó que su padre le había cogido cariño. Adán lo llamaba Gatsby. A su manera huraña él había hecho feliz a Gatsby en sus últimos años.

El hijo de Gatsby quiso contratar a Adán en alguna de sus innumerables empresas fantasma, pero él se fue sin contestar y sin firmar los papeles de la herencia. Era un indómito, todo le sobraba. Nació con el rayo que derribó la torre de la iglesia y no encontraba ningún sitio en este mundo donde aquel latigazo no le sacudiera las entrañas.

Siguiente de momento: Utilidad cero

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