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Me encanta Zaragoza por el fortísimo abrazo que nos hemos dado con Esther al lado del Ebro. Nos despedíamos tras haber compartido un larga y deliciosa comida (no tanto por las viandas como por la conversación íntima y divertida). Al entrar en la plaza del Pilar por el lado de San Juan de los Panetes me ha sorprendido una aglomeración de gente y me he asomado para saber qué miraban: era un gran tobogán blanco por el que los niños se deslizaban con trineos de color rojo. Iba a hacer una foto, pero entonces todas las cabezas se han vuelto hacia mí. No era yo a quien querían ver, sino a unos dromedarios que desfilaban a mi espalda.
En una de las naves del Pilar un padre le contaba a su hija pequeña que Miguel Pellicer se despertó una mañana y se encontró con que la Virgen del Pilar le había puesto una pierna que ya tenía muerta y enterrada.
Al otro lado de la plaza, familias, parejas y grupos de amigos entraban a la carpa de luces del mercado, y unos burros cabalgados por niños esperaban la señal para iniciar su paseo. Olía a algodón de azúcar y a churros.
Me encanta Zaragoza por el dueño de la joyería que, vestido con su traje y su corbata, apoya la mano sobre el mostrador con aire de ¡cuántas cosas valiosas tengo aquí! y cruza las piernas igual que lo hacía mi abuelo José en las fotos de la mili. Y por el barrendero que pasa con la escoba y el carro por la puerta de esa luminosa joyería.
Me encanta Zaragoza porque muchas veces me topo en sus calles con amigos de Laluenga. Hoy, cuando iba a encontrarme con Esther, un coche me ha pitado y me ha dado las luces. ¡Eran Toño, Ángela, Olivia y Antonio! Me he llevado una alegría enorme. Por casualidad, Esther y mi prima Ángela se conocieron porque compartieron habitación en el hospital de Huesca cuando nacieron sus hijas.
Y también por casualidad, o no, al salir del restaurante donde hemos comido, hemos visto en el suelo una postal de 1979: “Año internacional del niño”, ponía y, al lado: “Te va a tocar la lotería”. Estaba intacta, como recién salida de la imprenta. Esther miraba emocionada la ilustración de la postal porque se acordaba de verla cuando iba en el autobús a la guardería. Yo, también emocionada, pensaba en que Esther acababa de comprarme una participación para el sorteo de Navidad.

