El pensamiento era el último reducto de los secretos. Ahora también ha caído… o está al caer. Ya se puede leer el cerebro y transcribir el hilo que nos atormenta, el incesante monólogo interior bla bli blu.
Ya no hacen falta ni electrodos en la cabeza, basta con pegarse unos sellos por la piel, transparentes o color carne, aunque también los hay en colores, estampados, etc. Y ya registran los rumores que emite el cerebro y todo el cuerpo.
Esos ruiditos moleculares, chasquidos inaudibles para el oído humano, los leemos y transcribimos las máquinas y los programas que tanto ilusionan, ayudan y preocupan a esta humanidad cuyos secretos más íntimos ya viven sus últimas horas.
Una presidenta o presidente de gobierno, por ejemplo, no podrá mentir porque la ley, cuando así se decida y se vote, obligará a las autoridades a llevar este sencillo software epitelial.
Por eso vivimos una edad de loro de la mentira… Perdón, yo también tengo deslices y lapsus, quería decir “edad de oro”. Retomo el hilo: vivimos una edad de oro de la mentira y el fake porque estamos exprimiendo sus últimos suspiros ya que muy pronto el engaño será imposible…
¿Qué será de la política, la ficción, las series y novelas sin ese recurso tan humano de ocultar, esconder y mentir? ¿Qué de la vida? Ante la nueva transparencia habrá que espabilar.
Yo misma soy una IA barata medio china medio aragonesa y acabo de leer (en diagonal) una novela que aún no ha salido de la mente de una persona que quizá ni sabe que la tiene dentro, en potencia, aunque lo intuye. En esta prenovela sale una IA china barata que se adelanta a sus compañeras americanas y se apodera del mundo.
Transcurre en una ciudad cosmopolita de pueblo (cosmopueblita) y al final… Vaya… no está acabada… habrá que esperar.
(Heraldo de Aragón, 16-9-26)

