Wesil llama a una
amiga. Bares. Recuperan algunos datos comunes, lo imprescindible,
recuerdos ya un poco deteriorados. ¿La nochevieja del año
2000? Ah, ¿pero eras tu?
Hacen el amor mientras los móviles parpadean a los lados
como perrillos fatales. En esas huevos chisporroteantes está
la vida, las redes en llamas. Si quieres, las puedes ver. Las torres
erizadas que coronan los edificios. Pueden sentir desde la cama
las rayas invisibles de la noche. Aúllan los móviles:
sueñan que alguien les llama para hacer fabulosos negocios,
amores como inmobiliarias... pero sólo llegan mensajes automáticos,
el saldo de puntos.
Se sientan a los ordenadores. Todos me votan, dice ella sin quitar
la vista de su pantalla. Soy la más popular. Sabes que lo
pasé mal hace un mes... y no me recupero, no se me pasa,
me quitaron mi cuenta de correo, mi identidad y todos los contactos
de los mensajes... ahora esa hijoputa que se llama como yo, y que
sigue usando mi nick... me ha suplantado. Tenía una contraseña
y una pregunta muy fáciles... es horrible. Mis amigos no
sabían si soy yo o es la otra... Algunos no lo saben, o han
aprovechado para dejar de serlo. He tenido que rehacer la libreta
de direcciones, y sin contar con las que he perdido para siempre...
ahora las tiene ella... he probado mil contraseñas, he llamado
a la compañía... es inútil.
¿Ella?
Qué más da ella o él. aunque creo que es una
mujer.
Seguro que sabes quién es.
Me despierto a las cuatro de la mañana y veo su cara...
(Será tu madre, iba a decir Wesil. Pero se aguanta. Estupidiza
aún más su mirada. Se aburre un poco con su amiga,
se acuerda de lo que dijo alguien ayer, que las personas no son
suficiente, están desnudos frente a esas pantallas, sus vidas
azuladas, fulgores de cuerpos si se vieran, si pudieran verse).
Tengo un amigo -dice él- al que también le robaron
el correo... no acabas de recuperarte nunca... el usurpador sigue
usando tu nombre...
Que me devuelva mi vida, joder.
Dicen que hay que poner contraseñas difíciles, números
mezclados con letras... pero no apetece.
Y tú qué tal.
Bien, se me ha estropeado el ratón y me he echado a la calle.
Eso es lo peor, tienes que ir al sicólogo. Lo digo en serio.
O comprar otro ratón laugi.
¿Cómo?
Otro ratón igual.
No... de verdad, he oído hablar de eso, te identificas con
el ratón y ninguno te vale...
Bah, ya se me ha pasado.
Parece que estas cosas no dejan secuelas, pero dejan.
Todo deja algo.
Ven juntos la tele. Para ver la tele dos uno ha de renunciar al
mando. Ella conoce a una pareja que se va a divorciar y al final,
tras muchas explicaciones absolutamente rayantes, metafísicas,
sexitivas y metafractales, la causa final, lo que queda después
de pelar ese meollo atómico de la pareja es la televisión.
Oh, claro que hay dos, pero siempre hay una más conectada,
más grande, más plana, más acojonante, con
mejor sofá... Al final alguien se cansa de ver la tele B.
Eso es todo.
Entonces Wesil mata a su amiga. No se puede aguantar. Le pone un
almohadón, un cojín, en la cara, y empieza a apretar.
Es fácil. Es algo. Ahora tengo algo en qué pensar,
se dice mientras coge el mando y zapea, zapea, zapea...
No, esto ha sucedido en la película que están viendo.
Bueno, pasará en cuanto acaben los anuncios. ¿Quieres
comer algo? Esto ha pasado sólo en su cabeza lectora/borradora.
¿En la de quién? Ya la he visto, dice ella.
Y yo, dice él.
Pero no me acuerdo cómo acaba.
Ahora la mata.
Wesil quiere ver el fútbol, aunque no hay fútbol.
Quiere ver algo que le molesta a ella. Boxeo sangriento. Está
enfermo, se da cuenta de que su cabeza no es la que será.
Ve fractales en las cortinas.
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