Su mente puede no ser tan suya como piensa

La orla del río lamido por el Pilar. Ahí estabas tú, perfil risueño, preocupada tal vez. Ese gesto me ganó para siempre. Tener este segundo tuyo (y mío), este segundo nuestro, compartido aunque sin tú saberlo; juntos en el teleférico. También pensé que eras demasiado hermosa para un falso traductor, para un hombre que venía de la penumbra del sistema y sabía lo que vale todo en esta Europa enfurruñada y arisca como una botella de cierzo. Así llaman al viento de aquí. Baja por las lomas de Iberia raspando los eriales y puliendo las crestas inhóspitas del Moncayo, el monte que mira a Soria; baja el cierzo veloz, se aplasta contra el suelo blanco y hace rodar las capitanas, grandes matorrales de ramas que transportan sus semillas a cientos de kilómetros, sueños rodantes que incitan al viento a soplar con más fuerza. Tú eres mi capitana ­­–te dije en mi pensamiento y en varios idiomas a la vez: español sarraceno, lengua de segadores y espíritu de los páramos desiertos de Castilla y Teruel–. Estos nombres me seducían desde la infancia, tan lejana que es casi un préstamo, una cultura. Capitanas rodando España abajo –entonces ya se habían oxidado los aerogeneradores, aspas quietas, hélices chirriantes, montes pelados como calvarios. 

Así sentía aquel día Zaragoza: brutal y ceñuda, hermosa en su sincera expresión, rota a trozos, mellada de balas e incuria, pulida y perfecta en sus siglos nuevos, ya ciudad cien veces reinventada y erigida sobre sí, urbe rural, provincia romana con frases moras, dudando de su tamaño descomunal, infinita de barrios y kilómetros, regada por tres ríos y un canal, a veces escondidos; calles de hectáreas, calles bonaerenses que acaban en una quinta desmochada, unos tapiales de antiguos conventos que esconden cuadros de Goya entre las ruinas, un caza sobrevolando un campanario por cuyas grietas supuran olvidos, restauraciones, susurros de fantasmas (quizá el mío entre ellos). Ciudad de infinitas acequias ignoradas que no constan en los mapas modernos, cosidas por barrios que son ciudades en las que se hablan todas las lenguas de la babel del mundo.

Te miraba, amor de mis vidas, y no te creía. A metro y medio, viendo la cinta del Ebro (que parecía llevar diamantes flotando) desde tu naricilla, esos ojos rubios, sinceros de lo duro que es el vivir, sobre todo en otras partes del mundo, pero también aquí, tal como habrías de explicar en tu ponencia, a la cual los dos nos dirigíamos sin saberlo; caminos unidos, vías en paralelo, en la misma cabina,  solos, colgando de un cable de acero sobre el río inmortal. La cabina para nosotros,“para nosotros, mi amor”. Me ruboricé por dentro mientras los cilios de las aerovías de bioplástico transparente empezaban a temblar bajo los grandes remolques por los que fluye Europa. Habríamos podido saludar a los conductores de esos trailers, pero yo sólo que mirarte hacía: los ojos se me iban a los tuyos y ya era cómo vernos juntos en el espejo del futuro. Un caza rugió por las cuchillas de Juslibol, justo enfrente; ciudad de aviones y el aeropuerto con las pistas más largas de Europa, el de mejor aire –como dijiste después en tu charla, tan variada y sugerente que el público se quedó con las almas al trasluz; qué cosas dijiste, amada mía–.

Si no me hubiera fijado en ti, en tu nariz silueteada ante las cinco torres al sol de las diez de la mañana en ese cortísimo eterno viaje mientras revisabas tus notas y disfrutabas del tibio horizonte zaragozano; si no me hubiera enamorado de tu pelo y tu mirada en esa breve vuelta a la galaxia, te habría amado después, cuando hablabas, descalza de alma, humilde bajo la soberbia de los datos a los que tu voz ponía en pie; inédita ante los colores de los gráficos gigantes, barras luminosas que se podían tocar y moldear: el 3D rutinario tampoco había servido para entender nuestras vidas, quizá mero azar de sueños.

Desde ese momento fui un falso traductor traducido y mi alma se abrió a tu presencia rubia; en tu voz descansará para siempre, me quieras o no –pensé mil veces sabiendo que no me iba a atrever a hablarte, y menos entre el corro de admiradores que acababas de devolver a la vida con tu encanto, tus argumentos y esa voz que me deshace las carnes–. Me licúo vivo de recordar ese momento, cuando me iba y creía que me mirabas como reclamándome, asediada entre el grupo de nuevos fans que querían saber más de ti, o sólo compartir tu halo, los ecos de tus iris, tu email, el vapor invisible de tu cuerpo como una medicina para aliviar las vidas entre el espesor del siglo y de los sueños, que cada cual los lleva sobre sí, flotando como los bocadillos de los tebeos. Desde ese momento, ya saliendo, en que me miraste —o yo lo soñaba—, supe que los míos, mis sueños, se concentraban en una bola inmensa, más infinita que el propio universo (desde que te vi no creo en el big bang, amor), mi sueño eterno.

Íbamos juntos hacia tu ponencia, vida mía, adormecidos por el vaivén de la telecabina, cada uno a su vida, Zaragoza a los pies, tus sandalias romanas invisibles, luego volvería a verlas mil millones de veces en sueños, tus diminutos pies inverosímiles, tus uñas con estrellitas y vías lácteas; a su vida cada cual, destinos ciegos como suertes de naipes sobre las cúpulas virtuales de la estación blanca, sobre los puentes inverosímiles y el Ebro perezoso de estío. Cada cual en sus sueños, cajas de seguridad de un banco, herméticas hasta que me descubrí dándote las llaves y la contraseña de la mía, ay, tan vacía hasta ese momento, que sólo me consuela pensar que se estaba reservando para custodiar el mayor tesoro que se puede concebir: tu amor. Mi caja de seguridad sólo contenía millones de secretos, ya un poco confundidos, de diversas épocas y gentes que jamás llegarían a saber qué remoto engranaje había determinado el curso de sus vidas, las intrincadas decisiones que acaban por parecernos nuestras y sólo son coletazos, ecos de otros mundos y otras estancias en las que sí se decide, a bulto, por defecto, sin medios ni fuerzas ni tiempo para calibrar el alcance y las consecuencias. Mi caja de seguridad sólo contenía misterios ajenos.

Salí del edificio, admiré sus vidrieras perfectas, me interné por la senda de las esculturas que hablan con los viandantes desde la que se divisa la ciudad antigua agazapada bajo los pinchos morunos de sus torrecillas,  abrumada por la extensión inconcebible de sus arrabales millonarios, sus nuevas avenidas con quintas de recreo, sus confusas periferias fabriles, siempre henchidas de grúas y demoliciones. La ciudad me cautivó en tu mirada, en tus argumentos. Salí con el alma a trozos; a medida que me alejaba de ti, cada paso era una puñalada en mi espalda, la camisa se me deshacía en sangre. Tuve que sentarme en un banco a pensar qué era eso. Ahora lo pienso sin miedo, hasta es fácil, pero en ese instante, recién enamorado, un relámpago me cruzaba aún la mirada, el cerebro, el corazón lleno de ti. ¿Podía aún ocurrir eso? ¿En el año 2021, después de todo lo que le ha pasado al mundo, podía estallar aún tanto y tan súbito amor?

Yo fui a Zaragoza –ahora puedo contarlo, al menos en parte– como un espía más de aquel extraño mundo que entonces llamábamos “global” sin saber muy bien qué queríamos decir. Ahora lo sabemos: el adjetivo preparaba a la población y a los gobiernos para la expresión “guerra global” como sucedáneo de la ya un poco anticuada, “guerra mundial”. Esto, en efecto, era otra cosa: todos contra todos, en todas partes, a todas horas. Para sobrevivir. Esta guerra permanente no interfería en la vida diaria: era la vida diaria, estaba incrustada en ella, estaba en el aire, en las noticias siempre borrosas de los frentes, que se habían diversificado tanto que a menudo resultaba difícil distinguirlos de esa misma vida diaria, anodina y feliz. En efecto, vine a Zaragoza a un congreso sobre otros mundos. La coartada que los administradores habían designado para tapar mi oscuro oficio, más viejo que el mundo, de rastreador de información. Al consultar el número de mi móvil, ya entonces convertido en identificador universal, decía “traductor”, algo que sólo fui ocasionalmente, como todos, tratando de encubrir mis auténticas ocupaciones siempre inconfesables. Hace años que nadie es lo que es, hace años que muchos padres y madres no pueden decirles a sus hijos en qué trabajan porque esta oscura contrainteligencia es el primer sector productivo, aunque tan indetectable como aquellos a los que debe combatir. Escarbando un poco más en ese número de identificación se podía averiguar que yo desempeñaba funciones de “analista de datos”, una ocupación que ya se acercaba más a la verdad, aunque la verdad era algo que siempre se escurría entre una jungla de probabilidades.

Lo cierto es que vine a escuchar tu ponencia, vida mía. Venía del corazón del abismo; había analizado los datos de tres campañas y, remotamente, algunos cientos de personas, en alguna aldea olvidada de Afganistán o de otros países olvidados, pudieron perecer a causa de informaciones que yo supe entresacar de un amasijo de números y letras, ceros y unos, millones de códigos. Las guerras se libran en la penumbra. Las pesadillas empiezan o pasan por una sala donde danzan los algoritmos. Como se dice aquí, en esta ciudad que gracias a tu mirada es la mía para siempre: “me fui de cabeza”. Cuando supe que mis análisis, mis deducciones y tantos meses de arduo trabajo podían haber culminado en la estela fúnebre de unos cuantos misiles, aviones manejados por pilotos que disparaban desde una oficina situada a diez mil kilómetros de distancia y luego se iban a cenar a sus casas, cuando entendí la “utilidad” de mis cálculos, bombas de números, me fui de cabeza, o eso me han contado. Me ascendieron y me enviaron aquí, a misiones blandas, a rastrear pistas en ciclos de conferencias, pues la información “es toda buena si se sabe entender”. Vine a verte, amor mío, aunque no pueda comprenderlo. El destino, mi vida, hasta entonces sin sentido, se salvaba en los rizos de tu pelo mientras cruzábamos el río flotando como los únicos pasajeros de esa cabina aérea. No sabía que iba a escuchar tu charla, no sabía que eras tú. Claro que me dieron tu foto, tu ficha, el acto, el contexto, en la jerga kafkiana de las burocracias del departamento. No miré nada, sólo el lugar y la hora. Disfrutaba de una nueva vida, nuevo número de serie, un trabajo sencillo: escuchar y desmontar una ponencia sobre “la fuerza del amor”, yo, que había destripado los jeroglíficos del avispero afgano para gloria y perdición de mis jefes efímeros a los que nunca llegaría a conocer.  Disfrutaba como un turista en esta ciudad inesperada y asombrosa. Y ahí, en la cabina mecida por la brisa, estabas tú y cambiaste mi vida.

El mundo era muy extraño. Vagando por la tierra sin nombre llegué a una ciudad de ensueño, me enamoré de tu perfil y me hice adicto a ti, aunque sabía que jamás podría hacerme acreedor de tus sandalias, de esas uñas con estrellas, de esos pies de niña que iluminan mis mejores sueños, amor.

Me quedé en uno de aquellos bancos transparentes del paseo de las esculturas que entablan conversación con los paseantes. Desde que se demostró que el mayor problema de los mundos desarrollados era la soledad, los organismos de bienestar –siempre vinculados a los de recaudación–, sembraron esas veredas con estatuas parlantes que ofrecen consuelo, consejo y –lo más importante–, atención. En el curso de alguna misión llegué a escuchar muchas confesiones de ciudadanos que se explayaban ante estos oráculos seriados; y también seguí el trazado interminable de esos diálogos por las rutas que desembocan, invariablemente, en la seguridad y en la contribución. Odiaba las estatuas, su torpe software, indistinguible del que, unos años atrás, se podía obtener en una ocasional cháchara humana entre desconocidos. Daban la opción de borrar lo grabado, pero había que llamar, y sólo era otro de los trucos de las administraciones, máquinas laberínticas, espejos de bucles infinitos diseñados para espiarse incesantemente a sí mismos. El negocio de la desconfianza fue la consecuencia universal de aquel lejano y sin embargo omnipresente 11—S. Lo demás sólo fue, está siendo –o estamos siendo– una gama infinita de subproductos de aquella fecha fatídica, que también marcó las décadas anteriores, como si la onda expansiva, el impacto, no pudiera extenderse sólo hacia el futuro (hacia ahora), sino que hubiera necesitado también alterar los pasados, unificarlos, darles un sentido, sellarlo todo en ese crack de los aviones sobre el templo mismo de Nueva York, cierta idea del mundo. Los humanos enseguida nos acostumbramos, nos adaptamos, a todo: los objetos sensibles, las videocámaras, las grabaciones permanentes, las etiquetas únicas, el número universal de identificación, el jersey que te geoposiciona, los neurochips…. Yo me había hecho creer a mí mismo que el amor no existía, que era un argumento falaz, un señuelo de la seudociencia habitual, que es la forma en que ahora nos asedia la publicidad, el primer sector en mutar. Vamos sacrificando cosas, ideas, costumbres, por la mera velocidad de sobrevivir. En guerra con nosotros mismos, competimos por un premio que no sabemos disfrutar en paz: la vida.

Entonces te vi. Fui a escucharte para hacer un informe, quince palabras. Un dictamen que se archivaría, como una prenda más, en los densos armarios donde se barajan los datos de tu número único, al que nunca podrás acceder. Al escucharte comprendí que eras especial, que no merecías el insulto de que yo, un sabueso en declive, en una misión menor, un agente en proceso de rehabilitación o reconstrucción (quizá convaleciente), etiquetara tu conferencia (a ti, en definitiva). Habrías merecido un agente mejor, uno de primera especial, un sabio, un medium, un knobot biológico de última generación… Me vi tan indigno que no redacté nada, cualquier frase en este trabajo viene contaminada de origen y llega infectada a su destino, cualquier frase es una mala frase, una calificación (o descalificación) secreta, una delación, una minúscula pieza del oprobio a que nos somete esta burocracia insondable, el miedo, el negocio.

Me enamoré de ti en esa cabina que cruza el Ebro. Yo mismo me preguntaba si el tratamiento para devolverme a la senda del rendimiento y la estabilidad no habrían obrado este milagro. Ya no creo en mis posibilidades: pude ser alguien; soy ya otro, indefinidamente modificado, tuneado. Ni siquiera sé de cuántas maneras me han alterado.

Estoy adscrito a un departamento variable, indefinido, sin localización ni objetivos; al menos, a mí no me es dado conocerlos. En la difusa jerarquía no hay engaños: todos somos transparentes, intercambiables, prescindibles.  Igual que el banco del paseo de las estatuas donde acababa de sentarme.

Me conformaba con paladear cada una de las palabras de tu ponencia sobre el amor. Estaba seguro de que me había enamorado de ti nada más verte en el teleférico; de no haber sido así, el milagro habría ocurrido mientras hablabas: tus brazos desplegando los gráficos tridimensonales, tu cuerpo pasando entre esos volúmenes fingidos. Me escalofriaba la posibilidad de que tú también fueras virtual, un holograma, una ensoñación. Quizá me habían enviado a este congreso a vigilar, sabía que debía estar atento a cualquier cosa. Pero estaba distraído, estaba en ti y al tiempo dudaba intensamente de la realidad del mundo. ¿Estaban llevando a cabo un experimento conmigo? No era posible que me hubiera enamorado, de repente, de una desconocida. Mi oficio consiste en desconfiar del mundo, en recelar de los sentidos y, especialmente, en relegar los sentimientos, palabra más inconveniente que la misma traición. Mis observaciones del público que atendía a tu exposición tan boquiabierto como yo sólo buscaban certificar la vigencia de la realidad, la solidez de esta estampa que debo cuestionar porque me siento flotando. Flotando en el sueño de tus labios.

 

 

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