Sarrascaban las costras o el desaz?n interior contra los arrecifes; iban nom?s que a encimar. Ciegos de avena, los Lonagros de Rabalonga acotolaban a sus pl?cidas presas contra los m?rmoles de la playa y no cejaban hasta el final. Se ba?aban entre medusas y las usaban como esponjas vivas para restregarse la mugre y los restos del fest?n.
- Ababay yund? uinana !
El supercomisario Rouco, delante del armero in?til, mascullaba su mala suerte. Sus h?medos estaban desmoralizados. Nada deten?a a los motarracos. Si les disparaban de lejos hu?an; se llevaban a los heridos, les prend?an fuego con gasolina. Dejaban un rastro de asado humano y un reguero de sangre sin fichar.
